Mientras estábamos pendientes del ataque a Venezuela a principios de enero del 2026, Abdel Baki –conocida en el Ecuador como Ivonne Baki– lanzaba su candidatura a la Secretaría General de Naciones Unidas (ONU) con el auspicio del Líbano, país del cual se consideraba ciudadana nativa.
Cadenas árabes transmitieron la noticia aquel 10 de enero y aunque el suceso no tuvo mayor difusión en otras latitudes, Baki se encargó de que nadie perdiera de vista su anuncio, posteando al día siguiente una foto de ella con el presidente estadounidense, Donald Trump, dando a entender el decisivo apoyo.
Esperé el registro de su candidatura hasta el 31 de marzo, fecha límite para las inscripciones, antes de escribir esta columna. Nada personal, pero es una buena oportunidad para reflexionar cómo se ensayan candidaturas ecuatorianas en uno de los peores momentos de su manejo internacional. Empezando por los antecedentes:
para esta elección de secretario general de Naciones Unidas se definieron compromisos escritos y no escritos entre los miembros de la institución. El primero y más importante de ellos es que le tocaba el turno a América Latina y, el segundo, que debía elegirse a una mujer por primera vez en la historia. El Consejo de Seguridad es la instancia que lleva el peso decisivo de la elección, donde las preferencias de los cinco miembros permanentes son fundamentales. Basta el veto de uno de ellos para que una candidatura colapse y este casi nunca es público.
Dicho todo esto, los lectores pueden inferir por qué la candidatura de la señora Baki fue una disonancia cognitiva desde el inicio. Aun si Líbano llegaba a presentar su candidatura, esta no habría sido considerada latinoamericana, a pesar de que la totalidad de la experiencia de Baki haya sido con el Ecuador. Y, en medio de una guerra de ocupación por parte de Israel y con el tácito apoyo estadounidense, difícilmente el Líbano iba a apostar por una candidata cuya presencia en línea está llena de noticias laudatorias sobre la Administración Trump. Sobra decir que el cargo requiere un módico de imparcialidad.
Por supuesto, el Ecuador pudo haberla auspiciado pero habría agravado la disonancia, pues el gobierno de Daniel Noboa está tan atrasado en las cuotas que ha perdido su derecho a voto en Naciones Unidas, eso sin contar con el escaso capital político que le queda en América Latina. México, por ejemplo, se habría encargado de disputar cada voto que la señora Baki hubiera negociado. Y el único país por el que Trump inclinaría la balanza –si tuviera algún interés– sería Argentina. En todo caso, la carrera por la Secretaría tiene dos excelentes finalistas –Rebeca Grynspan y Michelle Bachelet– que reúnen todos los requisitos de esta elección, incluyendo la expectativa no menor de que hayan ejercido una jefatura de Estado, dirigido un organismo multilateral o, mejor aún, si han realizado las dos anteriores, requisitos que la señora Baki tampoco cumple.
El puesto más importante del sistema internacional es un juego de ajedrez que –al menos por ahora– el Ecuador carece del ancho de banda para procesar. (O)