Hay imágenes que sin necesidad de palabras obligan a reflexionar. Ver al alcalde de Guayaquil y al presidente del club de fútbol más importante del país involucrados en procesos que hoy ocupan la atención pública es una de esas escenas que impactan. Son figuras visibles, líderes, referencia para muchos ecuatorianos. Y ahí está el fondo del asunto: el peso del ejemplo. Lo que se observa se aprende. Lo que se repite termina formando cultura. Nuestros jóvenes construyen nociones sobre qué significa ser importante a partir de lo que ven. La cultura pública no se moldea solo con discursos, también con comportamientos visibles.
Este es un momento oportuno para fortalecer figuras de influencia asociadas a la integridad: honestidad, civismo, responsabilidad y emprendimiento responsable. Liderazgos que no solo hablen, sino que actúen en coherencia con lo que proclaman. La autoridad moral no se impone; se consolida con consistencia en el tiempo.
Coincidentemente, se acaba de publicar Merco, el monitor de reputación corporativa. Este ranking evalúa desempeño, ética y aporte a la sociedad desde múltiples fuentes. Su lógica es simple y exigente: la reputación se construye con trayectoria. No descansa en declaraciones; depende de decisiones sostenidas, respeto por la ley y compromiso real con la comunidad.
La cuestión de fondo es estructural: ¿qué estándar público estamos afirmando como sociedad? Cuando se acumulan episodios que ponen en entredicho la conducta de personajes visibles, el mensaje deja de ser individual y adquiere dimensión cultural. Aquello que se tolera termina influyendo en lo que otros consideran aceptable. Aquí resulta iluminador el concepto de las Ideas-Fuerza de Alfred Fouillée, filósofo francés del siglo XIX, quien sostenía que existen ideas que no permanecen en el plano abstracto: poseen una energía interna que impulsa la acción. No son simples pensamientos; son convicciones que orientan decisiones, influyen en la conducta y terminan modelando comportamientos colectivos. Cuando una idea logra arraigarse en la conciencia social, se transforma en cultura y termina definiendo comportamiento.
Por eso, vale la pena preguntarnos cuáles son las ideas que hoy estamos consolidando como sociedad.
El progreso se sostiene en ideas claras: integridad, honestidad, civismo, responsabilidad, compromiso con el entorno, respeto por la ley, sostenibilidad, uso responsable de los recursos, visión de largo plazo y el deseo genuino de hacer bien las cosas.
Estas ideas operan como filtro e imán. Imán, porque generan confianza, atraen talento e impulsan inversión. Filtro, porque excluyen atajos, privilegios y doble moral.
Quienes ejercen influencia –desde la empresa, gremios, medios, academia o cualquier espacio público– pueden poner estas ideas en circulación, defenderlas y practicarlas. No basta con reaccionar. Se trata de proyectar nuevas imágenes: las del mérito bien entendido, el trabajo serio, el emprendimiento responsable y el cumplimiento de la ley como regla, no como excepción. La integridad también cuenta cuando nadie observa.
Las sociedades se transforman cuando quienes influyen deciden elevar la vara de su conducta. (O)












