La idea de que nos encontramos en un momento diferente de la historia, caracterizada por la multipolaridad, es casi de sentido común, pero ese concepto tiene distintos significados y usos. Por ejemplo, en la imagen de China y Rusia propuesta a los BRICS+, la multipolaridad es en proyecto político cuyo fin es la creación de una gobernanza alternativa a la de la Segunda Guerra Mundial, y lo que se busca es neutralizar el poder de aquello que se llama “Occidente”, en concreto al polo de las economías del Atlántico Norte y sus asociados del Pacífico Oriental como Japón, Corea del Sur o Australia. Geográficamente el término es paradójico e inexacto, pero es básicamente un adjetivo político, y por eso hay mucha gente en la propia América Latina distante de “Occidente”, a pesar de que sea un subcontinente muy al oeste del meridiano de Greenwich.

La multipolaridad, desde las tradiciones que estudian las relaciones internacionales centradas en el poder de los Estados, se refiere a la forma que adquiere el orden internacional de acuerdo a cómo se distribuyen las capacidades económicas, militares o culturales; por ejemplo, el breve momento histórico luego del colapso soviético, que dejó a los Estados Unidos como la única superpotencia del planeta, se reconoce como unipolar, y los casi 50 años de la Guerra Fría, serían los de un mundo bipolar, mientras que los periodos previos a las guerras mundiales del siglo XX fueron multipolares.

Desde la perspectiva actual estadounidense, a diferencia de lo que postulan los dirigentes rusos y chinos como propuesta política, la multipolaridad supondría más bien una geografía con zonas de influencia de los países poderosos, los polos, antes que una nueva institucionalidad. La estrategia estadounidense se otorga el control del Hemisferio Occidental, que incluye las Américas, el Caribe y Groenlandia, mientras que a Rusia en esa forma de pensar, se le atribuiría, si acaso pudiera conseguirlo, influencia en los dominios de la antigua Unión Soviética, pero China es un problema más complejo y que no cabe en esta simpleza. Su éxito es un producto de la Globalización y, salvo en Taiwán, no tiene intereses que se expresen en territorio, sino en economía.

La multipolaridad en el pasado no implicó la democratización del orden internacional. Fue un dato duro que implicaba disputas en un sistema mundial de concentración de recursos. No hay ninguna evidencia que sustente que la multipolaridad del futuro vaya a ser benigna. La condición periférica de los países de América Latina no cambiaría con un reconocimiento formal de la multipolaridad; ni siquiera si eventualmente el sistema de Naciones Unidas se reformase en términos institucionales, pues su participación en la economía global es muy pobre, apenas el 7,5 % de la misma.

La multipolaridad del temprano siglo XX reflejó la distribución de poder de un mundo colonial entre pocas potencias. La del siglo XXI tiene otros protagonistas, pero no supondrá necesariamente que los intereses de los menos poderosos se vayan a representar, ni tampoco un escenario democrático universal. (O)