En medio de la escalada entre Irán y Estados Unidos, muchos observadores se preguntan por qué Teherán estaría dispuesto a soportar costos humanos y materiales tan elevados en lugar de buscar una desescalada rápida. A primera vista, esta estrategia puede parecer irracional. Sin embargo, desde la perspectiva de la teoría de juegos –una rama de la economía que estudia cómo toman decisiones los actores cuando sus resultados dependen también de las decisiones de otros–, la conducta de Irán adquiere una lógica distinta.
La teoría de juegos no es más que el análisis de interacciones estratégicas. Pensemos en un juego simple: dos jugadores deben decidir simultáneamente si cooperar o traicionar. Lo que cada uno obtiene depende no solo de su propia decisión, sino también de la del otro. Este tipo de modelos se ha utilizado para estudiar desde negociaciones comerciales hasta conflictos militares. Uno de los conceptos más importantes dentro de esta disciplina es el de los “juegos repetidos”.
En un juego único –es decir, una interacción que ocurre una sola vez–, los incentivos suelen empujar a los jugadores hacia decisiones de corto plazo. Pero cuando el mismo juego se repite en el tiempo, las estrategias cambian radicalmente. Los actores comienzan a preocuparse cómo sus acciones actuales influirán en el comportamiento futuro del adversario. En este contexto, puede ser racional aceptar pérdidas hoy con el objetivo de obtener beneficios mayores mañana.
Aplicado al conflicto entre Irán y Estados Unidos, esto sugiere que Teherán no está evaluando la guerra como un episodio aislado, sino como parte de una relación prolongada. Desde esta óptica, la pregunta clave no es simplemente “¿cuánto cuesta esta guerra?”, sino “¿qué señales envía esta guerra sobre el costo de futuras confrontaciones?”. Si Irán busca una salida rápida, incentivará a Estados Unidos a considerar nuevas intervenciones en el futuro bajo la expectativa de que los costos serán manejables. En cambio, si logra infligir costos significativos, incluso a un precio alto para sí mismo, puede alterar ese cálculo. En términos de teoría de juegos, estaría construyendo una reputación de “jugador duro”, dispuesto a resistir y escalar, lo que puede disuadir agresiones futuras.
Este fue el error de Trump. La estrategia de Washington se basó en la premisa de que este enfrentamiento sería un “juego único”: una intervención puntual en la que Irán tenía incentivos de no escalar. Esta estrategia funcionó en junio del 2025, durante la llamada “Guerra de los Doce Días”, cuando Trump bombardeó a Irán la primera vez. En esa ocasión, Irán no escaló el conflicto al creer que esa intervención sería excepcional, por lo que no tenía sentido incurrir en los costos asociados con entrar en una guerra abierta. Al bombardear a Irán una segunda vez, sin embargo, Trump envió un mensaje distinto: que cada tantos meses Estados Unidos continuarían realizando operaciones militares en Irán. De esta forma, el propio Trump cambió la dinámica del juego: de un juego único (donde lo racional para Irán era rendirse) a un juego repetitivo (donde lo racional es entrar en un conflicto abierto). (O)