Frente a la ausencia de tratamientos curativos definitivos para muchas enfermedades neurológicas, la prevención deja de ser una recomendación opcional y se convierte en una necesidad.
Con frecuencia se insiste –y con razón– en la importancia de la prevención cardiovascular para proteger al cerebro: controlar la presión arterial, cuidar la salud metabólica, dormir bien, ejercitarse, tener un peso adecuado, no fumar, moderar el consumo de alcohol y seguir una alimentación tipo dieta mediterránea. Pero existe un aspecto fundamental de la salud que aún suele subestimarse: la salud oral.
Para muchas personas, acudir al odontólogo no forma parte de una rutina preventiva. La consulta suele ocurrir únicamente ante el dolor, una urgencia o por motivos estéticos. La idea de la “sonrisa perfecta” ha ganado protagonismo,
pero la verdadera importancia de la revisión dental va mucho más allá de unos dientes blancos y alineados. Hoy sabemos que la enfermedad periodontal no es solo un problema localizado en la boca: es un proceso inflamatorio crónico con repercusiones sistémicas, incluyendo el cerebro.
Diversos estudios han demostrado que la enfermedad periodontal se asocia con un aumento de depósitos de sustancia amiloide, uno de los principales mecanismos patogénicos de la enfermedad de Alzheimer, incluso en personas sin demencia clínica.
La bacteria Porphyromonas gingivalis, uno de los principales agentes de la periodontitis, habita en las bolsas periodontales profundas alrededor de los dientes, donde provoca inflamación y destrucción tisular. Pero su impacto no se limita a la cavidad oral: puede alcanzar el cerebro a través del torrente sanguíneo. Fragmentos de ADN bacteriano y sus toxinas –las gingipaínas– han sido identificados en cerebros de pacientes con alzhéimer. Estas toxinas favorecen la neuroinflamación y parecen contribuir al avance de la neurodegeneración y al empeoramiento de los síntomas de demencia.
En la enfermedad de Parkinson ocurre un fenómeno similar, con un agravante adicional: el deterioro motor dificulta progresivamente la higiene oral adecuada. El temblor, la rigidez y la lentitud de movimientos interfieren con el cepillado y el cuidado dental diario, perpetuando un círculo vicioso de inflamación, infección y deterioro sistémico.
La relación entre salud oral y enfermedad vascular cerebral también ha sido observada en nuestro medio. En el proyecto Atahualpa se encontró una asociación significativa entre enfermedad periodontal crónica, ateroesclerosis y muerte prematura, siendo la pérdida de dientes un marcador visible mayor riesgo cardiovascular.
Más recientemente, un estudio publicado en la revista Nature reportó una asociación significativa –independiente de la edad y otros factores clínicos– entre el patógeno periodontal Fusobacterium nucleatum y una mayor severidad de discapacidad en pacientes con esclerosis múltiple, una enfermedad inflamatoria que afecta principalmente a adultos jóvenes.
La evidencia es cada vez más clara: cuidar la salud oral no es únicamente preservar la dentadura. Es también proteger el cerebro. (O)











