Hace algunos años, una revelación mediática estremeció a la opinión pública mundial: dentro de varios centros educativos regentados por la Iglesia católica, algunos de sus integrantes habían abusado de menores de edad, violentando a sus víctimas y el mandato religioso que juraron acatar de por vida. La difusión de estas conductas generó una alarma mundial justificada y sembró dudas y malestar en la comunidad católica. Fue necesaria la intervención del sumo pontífice y del Vaticano, que respondieron con firmeza: expulsaron a los infractores y disolvieron algunas congregaciones, en cumplimiento de la promesa fundacional de Cristo. ¡La Iglesia prevalecerá!

Pero no todas las crónicas recientes sobre la Iglesia hablan de sombras. Algunas hablan de una luz que enceguece por su intensidad.

Luego de releer el pasaje del Evangelio de Juan en que Jesús imparte la máxima expresión del amor cristiano –dar la vida por el amigo–, resulta imposible no conmoverse con el relato del fallecimiento de dos sacerdotes de la Iglesia católica: Alfonso Avilés Pérez, de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote (SJS), y Pedro Anzoátegui. En el cantón General Villamil Playas, ambos se arrojaron al mar para salvar a dos jóvenes en formación sacerdotal que estaban a punto de ahogarse. Los sacerdotes lograron rescatarlos. Ellos no sobrevivieron. Fallecieron entregando sus vidas por el amigo, en un sacrificio cristiano tan silencioso como ejemplar.

El mandato que san Juan nos comparte –aquel que Jesús impartió momentos antes de ser traicionado y arrestado: “… que os améis los unos a los otros, como yo os he amado…”– no se agota en el gesto supremo del sacrificio. Se trata también de ser empáticos y compasivos, de entender el dolor ajeno, de ofrecer apoyo y consuelo. De vivir con espíritu de servicio: ayudar a un amigo en dificultad, tender la mano a un familiar en necesidad, compartir tiempo, habilidades o recursos con quien los precise, y dejar atrás los resentimientos para abrir la puerta a una segunda oportunidad.

A lo largo de la historia, sin embargo, ya dos conflictos mundiales han llevado a los hombres a contradecir ese mandato divino de la forma más brutal: la guerra. Hoy observamos a diario una escalada bélica que afecta directamente a todos los países del golfo Pérsico, con tecnologías modernas cada vez más letales y el riesgo latente de un conflicto nuclear capaz de destruir nuestra civilización. A ello se suma el daño que esta inestabilidad provoca en la economía mundial: la interrupción del tráfico petrolero marítimo en el estrecho de Ormuz genera escasez energética con devastadores efectos sociales.

Es vital para la humanidad detener este belicismo. Rusia y China, potencias no beligerantes con capacidad de mediación, junto con los principales países afectados de la región tienen la responsabilidad histórica de alcanzar el acuerdo que devuelva al mundo la paz. Esa paz que no es otra cosa que el mandato divino puesto en práctica: amarnos los unos a los otros como Él nos amó.

Dos sacerdotes en Playas nos recordaron que ese mandato no es solo palabra. Es acción. Es vida entregada. (O)