Defendamos a nuestras niñas

¿Por qué no nos lanzamos a las calles y clamamos contra toda autoridad y ley que mencione tan solo la idea de seguridad y protección a la infancia, mientras se la destroza? ¿Qué nos mantiene repitiendo los lugares comunes de la inocencia, belleza y ternura de la que están provistas las criaturas pequeñas, esos “locos bajitos” de la canción de Serrat, si aflora fácilmente la crueldad y el atropello contra los niños?

La desgracia se enseñorea en el Ecuador si somos capaces de continuar con nuestras vidas regulares después de enterarnos del ‘caso Puerto Quito’, por el cual conocemos que siete niñas han sido violadas sistemáticamente por una caterva de familiares entre padres, hermanos, tíos y hasta vecinos. Entre las víctimas figura una niña minusválida. Estos hechos parecerían escalar la cúspide de lo que una sociedad puede mostrar antes de reconocerse viciada, hasta enferma. El machismo y la misoginia se dan la mano en dosis criminal, cuando un varón toma los cuerpos de las niñas como su campo de placer. Debe sentirse tan dueño de la situación que trastorna el orden de la naturaleza y de la vida social, para trasladar su deseo a unos cuerpos que no están formados todavía para una función que se les impone. Los actores cosifican y violentan en un perverso acto de poder, que hiere las psiquis de sus víctimas para siempre. Serán los psiquiatras y los psicólogos quienes nos puedan explicar cuánto se ha quebrado la mente del hombre que es capaz de infligir daño a cualquier niño, especialmente el daño sexual. Que el caso que comento emerja del entretejido familiar desafía más la comprensión: ¿qué pasó para que el tabú más prohibido de la cultura sea transgredido, para que el amor sea remplazado por la lubricidad?

Cualquier analista apelará a la educación para enfrentar esta lacra. Y tendrá razón, sin embargo, debe de haber otros elementos que considerar en el marco horroroso de la violencia contra las mujeres y, más todavía, contra las niñas. La pauperización de determinados grupos que obliga a sus miembros a vivir en la promiscuidad, la rabia indiscriminada del mísero que dispara contra los más débiles sus frustraciones, la pornografía como medio sustentador de ciertas masculinidades, de donde han provenido los modelos del comportamiento sexual. Sin embargo, cada conducta es única. El repetido hecho de la violación también tiene una tradición patriarcal poderosa que explica que todas las conquistas hayan atacado a las mujeres, que la feminidad haya sido moneda de cambio y de políticas externas, que los padres hayan dado en matrimonio a sus hijas como parte de un negocio exitoso. Me pongo demasiado seria en este análisis y vuelvo a dar paso a mi cólera y mi dolor por esas pequeñas ecuatorianas agraviadas. Despojadas de su infancia por la libido imparable de un borracho, de un viejo verde, de un adolescente rijoso, que echaron mano del cuerpecillo que tenían cerca y dañaron irreparablemente la salud espiritual de unas criaturas. No me engaño sobre esta delincuencia del sexo que puede brotar de cualquier núcleo, la pedofilia sacerdotal ya lo dejó muy demostrado, las estadísticas no mienten a la hora de ubicar de dónde emerge el mayor número de abusos. Arrastramos a nuestros niños con lo que somos porque ellos “cargan con nuestros rencores y nuestro porvenir”, como continúa Serrat en su sensible canción. (O)

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