Vuelvo a escribir. No por nostalgia: por higiene interior. La vida no avanza en línea recta. Hace algo más cruel y más hermoso: gira. Cierra y abre. Una y otra vez. Lo que llamamos “final” casi siempre es una puerta que no sabíamos ver. Lo que llamamos “inicio” es, con suerte, una forma más consciente de continuar.
Cerrar un ciclo no es quemar lo ocurrido. Es aceptar lo que ya no se puede corregir y, aun así, aprender. Es soltar sin dramatismo: como quien apaga una lámpara y deja que la habitación conserve el calor. Abrir otro no es prometer milagros. Es escoger una dirección. Y caminar. Aunque sea lento. Aunque duela. La disciplina también es una forma de esperanza: silenciosa, terca.
Lo curioso –y lo feroz– es que nuestra espiral interior no coincide con el tiempo físico. El cosmos no se conmueve con nuestras pérdidas. El reloj no hace duelo. La materia sigue su curso con indiferencia mineral. Y, sin embargo, nosotros vivimos de otra manera: con retornos, con recaídas, con aprendizajes tardíos, con segundas temporadas que llegan cuando ya parecía que no habría más capítulos. Hay un tiempo humano que no se mide en segundos sino en decisiones. En renuncias. En coraje. En lucidez.
Los estoicos lo dijeron sin adornos, como un parte médico: el tiempo no se negocia. Hoy estás; mañana, quién sabe. Por eso importan menos los propósitos que los hábitos. Y por eso esta vuelta importa para mí: la columna es un hábito que me ordena. Un ejercicio de atención. Un recordatorio de oficio. Una forma de no perder el hilo en medio del ruido.
Regreso a Diario EL UNIVERSO para pensar en voz alta, sin maquillaje. Poner las palabras a trabajar, no a lucirse. Dejar constancia de lo que nos pasa cuando la política se vuelve espectáculo, cuando la verdad se vuelve mercancía, cuando el miedo pretende administrar la vida pública. Escribir, en esas condiciones, no es un lujo: es una forma de resistencia civil. No épica. Cotidiana. A veces ingrata. Pero necesaria.
El país cambia de humor como cambia de clima. Las élites cambian de camiseta con una facilidad que debería estar regulada por sanidad pública. Las redes convierten cualquier matiz en traición y cualquier duda en pecado. En ese escenario, la memoria se vuelve un músculo: se entrena o se atrofia. Y la democracia, una práctica: se cuida o se pudre. No hay tercera vía. El cinismo es la manera elegante de rendirse.
Mi apuesta, desde aquí, es sencilla y exigente: mirar de frente. Nombrar. Argumentar. Molestar cuando haga falta. Admitir cuando corresponda. Y, si se puede, iluminar una esquina. No para tener razón –ese vicio tan latinoamericano– sino para entender mejor lo que nos está pasando, y para no dejar que el lenguaje se degrade hasta volverse puro grito.
Cerrar también es agradecer: a los que estuvieron, incluso a los que fallaron. Abrir también es exigir: a uno mismo, primero. Porque el autoengaño es la dictadura más eficiente: no necesita tanques; le basta con excusas.
Vuelvo a esta mesa, a esta obligación elegida. La tinta no salva, pero acompaña. Y en tiempos ásperos, eso ya es mucho. (O)