En Costa Rica ganó la Presidencia un partido calificado como de centroderecha. Y aquello consolida en América Latina una serie de líderes que obtienen simpatía popular con propuestas como el endurecimiento de las medidas de represión contra la delincuencia y que quieren replicar del modelo salvadoreño.
Pero el verdadero desafío de las naciones es provocar cambios de conducta sociales que establezcan la paz de manera duradera. Fue la psicología conductista la que nos ilusionó con la posibilidad de controlar la conducta. Y aunque sus leyes fueron probadas en animales, se estableció la base teórica para modelar la conducta.
Un principio fundamental es la “ley del efecto”, que en palabras sencillas describe que una conducta tiende a repetirse si a esa conducta le sigue una consecuencia placentera. Aquello resultó clave para el diseño de estímulos en el ámbito laboral y educativo. Pero los seres humanos somos mucho más complicados.
Las personas a diferencia de los animales tenemos imaginarios que guían nuestra conducta. Somos capaces de sacrificarnos por otros, al punto de perder la vida si fuese necesario. Esa complejidad de perspectiva humana abre una dimensión importante que debe ser considerada. Las ilusiones, planes de vida, significados que se otorgan a las cosas, comportamientos y el entorno conforman el mundo imaginario con el que cada persona dialoga en su interior. Programas de estímulo-respuesta pueden tener un resultado momentáneo y no generalizado.
Otro aspecto que analiza la psicología conductista es el castigo. Si a una conducta le sigue una consecuencia desagradable, se supone que el individuo queda desanimado de realizarla. Y ese principio ha inspirado la legislación para reducir conductas indeseadas.
Sin embargo, las multas de tránsito son un excelente ejemplo de cómo la ciudadanía ha actuado. Una vez establecidos los sistemas de disuasivos de control de velocidad y comportamiento vial, las personas han encontrado mecanismos para evitar los controles, subvertir los mecanismos y, en palabras simples, salirse con la suya.
Hace unos días se capturó a ciudadanos acusándolos de corrupción. No obstante, las actuaciones reñidas con la ley tienen una larga historia en nuestro país y hay cómplices de menor rango que nunca logran ser identificados.
La pregunta que queda es ¿cómo provocar cambios de conducta social? La respuesta no puede ser simple; se requiere investigar a los infractores, al tejido social y las circunstancias que rodean los hechos.
Todos quisiéramos cambiar las cosas con un clic, que la gente se porte bien y volvamos a ser la isla de paz. Pero hay ideas, planes de vida e imaginarios que han sido construidos al margen de las normas sociales y hoy se consolidan junto a narcomúsica, series de TV y artistas que exacerban e incluso promueven el estilo de vida vinculado al dinero fácil.
Las poblaciones requieren nuevos imaginarios, nobles e inspiradores, que permitan cambiar el comportamiento. Posiblemente se mitiguen momentáneamente los malos comportamientos con sanciones y encierro. Pero se requieren planes globales que censuren la construcción de imaginarios delincuenciales. (O)