En las redes sociales circulan especulaciones sobre la posibilidad de que las selecciones de algunos países se abstengan de participar en el mundial de fútbol que se realizará en Estados Unidos y parcialmente en Canadá y México. Algunos medios de comunicación se han hecho eco de esto y le dan algún grado de probabilidad. La causa sería, obviamente, la política del presidente norteamericano, especialmente sus anuncios de anexión de Groenlandia. Las reacciones vendrían de países europeos, entre los que se menciona en primer lugar a Alemania y Francia. Se trataría de un boicot que ya ha sido aplicado en ocasiones anteriores en competencias deportivas internacionales, como las olimpiadas de Moscú en 1980 por la invasión a Afganistán o las de Los Ángeles de 1984 como represalia por la anterior. Incluso el mundial de fútbol ha sido objeto de medidas de este tipo, aunque solo de manera parcial ya que se han limitado al partido final.

La captura y extracción del dictador venezolano ha profundizado la brecha previamente existente entre los países latinoamericanos, mientras el anuncio de una inminente anexión de la isla más grande del mundo ha levantado las alertas de los europeos. Como se ha dicho reiteradamente, todo esto constituye una ruptura del orden internacional vigente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, lo que acarrea inevitablemente reacciones por varios de los países que sienten una potencial afectación. Una de estas reacciones podría ser -y hay que recalcar el condicional- el uso del deporte más popular como un instrumento de protesta y de resistencia, política.

Sin duda, no faltarán quienes argumenten que el deporte debería permanecer a salvo de la política, que no debería contaminarse (como si la política fuera una enfermedad). Pero, el hecho cierto es que entre ambos hay una fuerte relación que, por lo demás, se acentúa en un campeonato mundial, cuando nadie se refiere a la selección o al equipo de tal o cual país, sino simple, llana y directamente al país. Se pone en juego la identidad nacional. La conversación no alude al triunfo o al fracaso de unos jugadores, asume un nosotros que sería muy necesario en otros ámbitos que sí son realmente determinantes para la vida en colectividad.

Por otra parte, no faltan quienes añaden a aquellos hechos recientes los problemas que están viviendo los inmigrantes de América Latina, África, Medio Oriente, Asia y Europa del Este. Muchos de ellos encuentran una contradicción entre las dificultades que enfrentan para entrar en Estados Unidos e incluso para permanecer ahí después de haber residido varios años y la posibilidad de asistir a los juegos del mundial. En las redes se preguntan si se van a mantener las políticas restrictivas que se han aplicado durante el último año. Sea cual fuera la respuesta, no resuelve la contradicción que hay entre la decisión gubernamental y la convocatoria a un evento masivo como es este campeonato. Los más suspicaces dan un paso adicional y ponen en duda si con las disposiciones vigentes podrían obtener una visa esos centenares de futbolistas de pieles y cabellos oscuros que conforman las selecciones de gran parte de los países.

Es poco probable que prosperen los llamados al boicot, sobre todo porque detrás del fútbol hay una enorme maquinaria económica. Pero, hay ocasiones en que por encima de la lógica del negocio se imponen los sentimientos. (O)