Por décadas la revolución cubana vendió una de las utopías políticas más seductoras del siglo XX: la promesa de construir, cerca de EE. UU., un paraíso socialista. Una sociedad sin grandes desigualdades, alfabetizada, orgullosa, soberana, inmune a los vicios del capitalismo y guiada por una épica de sacrificio, dignidad y redención histórica. La isla era una postal donde la historia parecía haberse puesto del lado correcto. Hoy esa postal arde a oscuras.

La Cuba de 2026 no se parece al viejo afiche romántico de barbudos heroicos, médicos internacionalistas y estudiantes recitando consignas. Se parece más a un edificio que se sostiene por costumbre, no por solidez. Un país donde los apagones nacionales son la rutina, donde hospitales suspenden cirugías por falta de combustible, donde escasean medicinas, alimentos y transporte, donde el turismo se desploma, y donde protestar por hambre o por cansancio puede terminar en detenciones y castigos.

La tragedia cubana no puede explicarse con una sola frase de trincheras. El embargo estadounidense ha hecho daño real y ha servido por décadas para apretar una economía ya frágil. Pero atribuir el colapso solo a Washington sería una coartada intelectualmente perezosa. Lo que se hunde en Cuba es un modelo agotado: centralista, opaco, ineficiente, incapaz de generar prosperidad, alérgico a la crítica y adicto a convertir cada fracaso propio en conspiración ajena.

El socialismo cubano prometió justicia y terminó administrando escasez. Prometió soberanía popular y acabó reduciendo la política a una liturgia sin opciones. Prometió al “hombre nuevo” y ha terminado expulsando a sus hijos por centenares de miles. Cuando la principal energía de una nación consiste en huir de ella, no hay revolución sino un fracaso.

Lo revelador del momento cubano es el agotamiento moral del régimen. Ya casi nadie cree en la vieja retórica. El Gobierno habla de resistencia mientras la gente hace colas. Invoca soberanía, pero depende de remiendos.

Y, sin embargo, conviene cuidarse de un exceso de entusiasmo. Las dictaduras no caen solo porque sean inviables. A veces duran mucho precisamente porque han aprendido a administrar ruinas, miedo y resignación. El castrismo, y su derivación actual bajo Díaz-Canel, conserva aún aparatos de control, reflejos represivos, disciplina burocrática y una larga experiencia en convertir la precariedad en normalidad. No está muerto, aunque muestra descomposición histórica.

Por eso el problema cubano ya no es solo cubano, también una advertencia continental. Toda utopía cerrada sobre sí misma termina pareciéndose a una prisión con himno. Todo régimen que prohíbe la crítica, sofoca la iniciativa y criminaliza la discrepancia puede producir obediencia por un tiempo, pero no vitalidad o futuro.

Cuba fue por años el gran decorado sentimental de buena parte de la izquierda latinoamericana. Hoy ese decorado está en ruinas. Queda la música, queda la memoria, queda la inmensa dignidad de tantos cubanos que sobreviven sin rendirse. Pero el mito político está roto. Triste y dramática resaca de una dictadura que alguna vez dijo venir a liberar al pueblo y terminó condenándolo a vivir entre la escasez y el miedo. (O)