En medio de la crisis del sistema de diálisis en Ecuador, la discusión pública parece haberse simplificado a una sola salida: pagar la deuda. Es, sin duda, un paso urgente. Pero creer que eso resuelve el problema es ignorar su verdadera dimensión.

Cuando un sistema llega al límite, no es solo por falta de liquidez, sino por decisiones acumuladas que lo han vuelto frágil. Hoy, los centros de diálisis operan con incertidumbre, presión financiera y escasa capacidad de planificación. Y en ese escenario, pagar lo pendiente no corrige el problema de fondo, apenas gana tiempo.

La diálisis no admite pausas ni ajustes improvisados. Es un tratamiento vital, continuo y altamente especializado. Cada retraso, cada decisión incompleta se traduce en riesgo directo para pacientes que dependen de este servicio para vivir. Aquí no hay margen para errores ni soluciones a medias.

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Además, el impacto va más allá de la salud. Este es un sistema que sostiene miles de empleos, entre médicos, enfermeros, técnicos y personal de apoyo. Cuando se debilita, no solo se tensiona la atención a pacientes, también se pone en juego la estabilidad laboral de todo un sector.

El punto es claro, pagar la deuda es necesario, pero no es suficiente. Sin reglas claras, sin mecanismos de pago oportunos y sin una visión de sostenibilidad, cualquier solución será pasajera. Y lo que hoy se presenta como alivio, mañana volverá a convertirse en crisis.

La verdadera pregunta no es cuánto se debe, sino qué decisiones se tomarán para que esto no se repita. Porque en un sistema donde está en juego la vida, improvisar no es una opción. (O)

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Francisco López, abogado constitucionalista, Quito