Comienza noviembre con la fiesta de Todos los Santos, canonizados o no y que residen ya en la patria celestial. Fueron gente de bien, que amaron a Dios más que a sí mismos y pasaron por la tierra abundando en buenas obras como expresión de su gran corazón, que los impulsaba. Puesta su vista en Dios, no se apegaron tanto al mundo que los apartara de su destino eterno. ¿Todos fueron derechos al cielo? La mayoría ha pasado por el purgatorio antes de unirse con Dios, santidad infinita. Todos somos pecadores y el polvo del camino se nos pega al alma como el barro a los zapatos; necesitamos limpieza absoluta para la unión con Dios, que consiste en la santidad plena y el gozo inexplicable que la acompaña por toda la eternidad. Se habla poco del purgatorio, estado de expiación que precede a la entrada en el cielo. Su existencia es dogma de fe. Por eso, se debe rezar por las almas de los difuntos, cuya celebración es el día siguiente al de los santos. El purgatorio es una situación de purificación, creada por la misericordia divina, pues nos quiere a todos con él y eso es imposible si llegamos con alguna inmundicia o imperfección o pecados no reparados aquí en la tierra. El purgatorio y el infierno se distinguen porque aquel es temporal y allí las almas tienen esperanza cierta de salir un día. El tiempo del purgatorio no es igual para todos; la mayoría de las almas pasan allí bastantes años, salvo que hayan tenido familiares o almas piadosas que las hayan tenido en sus oraciones y ofrecido misas, sacrificios o limosnas por su purificación. Rezar por las almas de los difuntos es obra de misericordia y una obligación con nuestros familiares que ya partieron a la otra vida. (O)
Josefa Romo Garlito, Valladolid, España