Hace unos meses, en las costas de Manta, un caso me conmovió profundamente. Dos hermanos, pescadores, se vieron envueltos en una tormenta que les arrebató su medio de vida: un barco por el que habían trabajado arduamente para construir y pagar. La tragedia se cobró vidas y dejó a la familia en la ruina.
Este no es un caso aislado. La costa ecuatoriana ha sido testigo de numerosos naufragios y tragedias marítimas que han dejado a familias sin sustento y esperanza. Sin embargo, en lugar de encontrar apoyo y justicia, estos pescadores se encuentran con una realidad aún más cruel: la persecución de los bancos y la indiferencia del sistema.
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En nuestro estudio jurídico, Gil Barragán Romero y Asociados, hemos tomado el caso de estos hermanos y nos hemos comprometido a luchar por su justicia. Y es que no podemos callar ante la injusticia. ¿De qué sirve una ley de alivio financiero si vamos a apretar al pobre productor, que no solo perdió su barco, sino que le acaban de quitar un bien de $ 40.000 por una deuda de $ 10.000?
Como decía el gran Couture, “mi deber será luchar por la justicia, más allá que por el derecho”. Y es que, en este caso, la justicia no es solo un concepto; es un grito de auxilio. Un grito que clama por la dignidad de los que han sido aplastados.
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Es hora de que los bancos y las instituciones financieras se sienten a dialogar con los pescadores y les den una oportunidad de salir adelante.
La costa necesita justicia, no naufragios. Necesita esperanza. Y los ciudadanos debemos exigirlo. (O)
Javier Sebastián Barragán Rovira, abogado, Guayaquil