Mayo es el mes más bello por su temperatura y estallido floral. Los campos alegran la vista y las mieses comienzan su maduración. Es el mes de María, la Madre de Dios y Reina del Cielo.
Ella es la Virgen de la Esperanza y la Reina de la Paz. A ella volvemos la vista en nuestras angustias y penas. Dios la hizo madre suya en la encarnación y madre nuestra al pie de la cruz.
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Las madres pensamos en nuestros hijos: los tenemos presentes siempre cuando rezamos: pedimos al Señor que los cuide del mal y que cumplan el plan divino sobre ellos en esta vida, para que puedan ser felices en la eterna. Hoy el mundo envuelve a los hijos y son muchas las madres preocupadas; proliferan los “grupos de Santa Mónica” (comunidades de oración formadas por madres que interceden por la conversión y el bienestar espiritual de sus hijos), ligados a los frailes agustinos.
Todo el mundo sabe que la Virgen Madre, con distintas advocaciones, según el lugar, se ha aparecido y se aparece, como si no pudiera descansar, hasta tenernos a todos en su regazo maternal.
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Crece y crece la devoción mariana y la esperanza en la resolución de nuestras dificultades por su poderosa intercesión. Lourdes, Fátima, Guadalupe... son ejemplos mundialmente conocidos. Allí en donde se ha aparecido la Virgen, los fieles se dirigen esperanzados, porque están seguros de la poderosa influencia de María ante Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, la Santísima Trinidad. Se dice que en los lugares de apariciones florecen los milagros y la desesperación desaparece del corazón atribulado. (O)
Josefa Romo Garlito, Valladolid, España