La empatía no es una señal de fragilidad, sino una expresión de dominio personal. Representa la capacidad de contener un impulso, de reflexionar antes de actuar y de comprender que el mundo no gira únicamente en torno a nuestras emociones o necesidades inmediatas. Aunque muchos no lo reconozcan, ese ejercicio exige más fortaleza que dejarse llevar por reacciones instintivas.

En la actualidad, es común observar conductas apresuradas: se habla sin pensar, se actúa sin medir consecuencias y, en muchos casos, se hiere sin asumir responsabilidad. Luego, llegan las justificaciones superficiales, como si admitir el daño causado fuese una opción y no un deber ético. Esta tendencia revela una preocupante falta de conciencia sobre el impacto de nuestras acciones.

Comprender al otro no implica necesariamente coincidir con su postura, sino reconocer su existencia, su dignidad y el efecto que nuestras palabras o decisiones pueden tener sobre su realidad. Sin embargo, ese nivel de conciencia resulta incómodo, porque obliga a enfrentar la responsabilidad personal. Y asumir responsabilidades, en una sociedad dominada por lo inmediato, suele evitarse.

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Decidir no actuar de cierta manera por saber que puede perjudicar a alguien es un signo de madurez poco común. Supone detenerse, cuestionarse y optar por lo correcto, incluso cuando lo fácil resulta más tentador. En tiempos en los que predomina la inmediatez, esa pausa reflexiva se vuelve casi excepcional.

La empatía no transforma el mundo de manera instantánea, pero sí influye en cada decisión individual.

En definitiva, no se exige perfección, sino conciencia. Porque reaccionar es sencillo; sin embargo, actuar con reflexión y humanidad es lo que realmente distingue el carácter de las personas. (O)

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Elio Roberto Ortega Icaza, mediador y abogado criminalista, El Coca