En mi carta de lector anterior conté que, hasta hace dos años, no había leído más de cinco libros completos en mi vida, antes de convertirme en un feroz lector. Lo que no conté entonces es algo que hoy me parece más importante: que esos libros que leí después me hicieron mejor abogado de lo que cualquier código alguna vez podría.

Suena exagerado, lo sé. La universidad me enseñó a citar artículos, redactar escritos, interpretar normas; es lo que se espera de una facultad. Pero el derecho penal específicamente, que es la rama a la que estoy dedicando mi ejercicio profesional, antes que un asunto técnico, es un asunto profundamente humano: detrás de cada expediente hay una vida, un contexto, una historia que ninguna ley jamás va a poder explicar. Y para entender eso, los códigos no me sirvieron. Las novelas, sí. Comparto cuatro lecturas que, sin ser libros de derecho, son los mejores libros de derecho que he leído.

El primero es Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Saramago plantea una pregunta que debería angustiar a cualquier penalista: ¿qué pasa con la ética cuando nadie nos ve? La novela es, en el fondo, un manual encubierto de criminología: muestra cómo la conducta humana se descompone cuando desaparece la vigilancia, la mirada del otro que lleva al juzgamiento y, finalmente, la sanción. Cada vez que alguien me pregunta por qué necesitamos un sistema penal, le respondo que lea ese libro.

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El segundo, El extranjero, de Albert Camus. A Meursault no lo condenan por haber matado a un hombre. Lo condenan por no haber llorado en el funeral de su madre. Camus expone magistralmente algo que cualquier abogado litigante sabe: en la sala de audiencias, no se juzga solo lo que hiciste, sino quién pareces ser. La sentencia, muchas veces, es más reflejo del personaje que del acto. El abogado que entiende eso se defiende mejor.

El tercero, Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. El crimen más famoso de la literatura latinoamericana es, además, la mejor lección sobre responsabilidad colectiva y omisión. Todos sabían que iban a matar a Santiago Nasar, pero nadie hizo nada. Este libro nos recuerda que el delito casi nunca es solo del que aprieta el gatillo, sino que es también del pueblo que lo permite.

Y el cuarto, El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. La historia del asesinato de Trotski es, en realidad, una historia sobre cómo el fanatismo construye culpables. Padura muestra que, cuando un sistema necesita un enemigo, lo fabrica. Y eso, traducido al lenguaje judicial, se llama proceso penal arbitrario. Es un libro que me dejó clarísimo por qué un país que olvida el debido proceso siempre termina, tarde o temprano, fabricando víctimas en nombre de la justicia.

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Hay muchos más. Cada uno me enseñó algo que mis profesores de Derecho no alcanzaron a decirme. Por eso, a los estudiantes de Derecho que me preguntan cómo ser mejores abogados, les recomiendo abrir una novela. (O)

Leonel F. González Vallejo, abogado penalista, Quito