Guayaquil, otrora capital de libertad, progreso y desarrollo, donde los niños, jóvenes y ancianos solían disfrutar caminar por los senderos de su conurbación, hoy se encuentra sometida a una suerte de anarquía propiciada por su vecindad.

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La ciudad de las rejas o la ciudad cárcel, probablemente, ese sería el calificativo en estos momentos, debido a que, por gravísimos problemas de seguridad, algunos de sus ciudadanos, a mano propia, han tomado la decisión de imponer rejas a lo largo de las veredas, de la vía pública e incluso de la calle.

¿Cómo se puede entender que el Municipio de Guayaquil no regule con prontitud esto? ¿Cómo se puede permitir coartar el derecho constitucional de libre tránsito y movilidad en nuestra ciudad?

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¿Habrá sectores de Guayaquil que podrían mantener las rejas y portones que se han colocado en los últimos años?

Cada vecindario se ha vuelto una especie de dictadura seccional, donde un guayaquileño que habita en Guayacanes no puede estar en un parque o caminar por la acera de la Alborada porque simplemente no es de la vecindad. ¡Qué barbaridad!

Los barrios de la ciudad se llenan de rejas

Pero, sin duda, lo peor es que determinados vecindarios, sin asociaciones ni directivas, imponen la construcción de rejas a lo largo de las avenidas, imponen pagar un precio o alícuota sin realizar un consenso entre los miembros del vecindario, obligan a mantener las puertas con seguro y se pasean supervisando, cuales guías carcelarios, para que sus reglas sean cumplidas.

Inobservan lo grave que es mantenernos encerrados, pudiendo incluso, por este acto, causar graves perjuicios en caso de una emergencia.

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Exhorto, como ciudadano y guayaquileño, a que el señor alcalde y su concejo tomen decisiones urgentes y se regule este tipo de acciones a través de ordenanzas y solicite a sus departamentos municipales una actuación eficaz para controlar esta suerte de tiranía que ha destruido la figura de vecindad libre, unida y en paz. (O)

Marcos Víctor Zambrano Reyes, Guayaquil