Cada cuatro años la Copa Mundial de la FIFA toca las puertas de todo el mundo, haciendo que la conversación global gire en torno a un solo tema durante más de un mes. No obstante, detrás de toda esa fiesta se esconde algo incómodo, y es que no está al alcance de todos. La FIFA, en vez de democratizar la experiencia deportiva, termina reforzando las diferencias económicas y sociales. Todo empieza con la obtención del pasaporte, pues no todos los documentos abren las mismas puertas, según el Henley Passport Index 2026, la brecha entre el pasaporte más poderoso –Singapur– y el más débil –Afganistán– es de 168 países. Esto significa que para cualquier ciudadano que quiera viajar al Mundial, su camino comienza con una solicitud de visa que implica costos administrativos, tiempos de espera inciertos y una probabilidad de rechazo.

Asimismo, las tensiones políticas previas al torneo dificultan la participación de diversos países; un ejemplo es la relación entre Estados Unidos e Irán, pues, aunque la selección iraní logró clasificarse con un destacado desempeño en las eliminatorias, las restricciones diplomáticas y migratorias complican el ingreso de jugadores y aficionados, este tipo de situaciones demuestra que el deporte nunca ha estado desvinculado de la política. Por otro lado, se ha comprobado que incluso los países organizadores no pueden asegurar la seguridad de las personas durante el torneo; véase el caso de México, que meses antes del arranque de la Copa tuvo un aumento de la violencia vinculada al crimen organizado, debido a enfrentamientos de carteles, evidenciando los desafíos de seguridad que surgen en eventos deportivos de gran magnitud.

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A todas estas barreras sociales y administrativas se suman las económicas, posiblemente las más contundentes. El turismo que genera el Mundial no es un turismo ordinario, sino uno diseñado para un perfil de viajero con alto poder adquisitivo; por ejemplo, a pocos días para que arranque la competición, si un aficionado de Ecuador quisiera asistir a los partidos de la Selección, tendría que desembolsar casi $ 12.000. En adición, si una persona opta por viajar por su cuenta, tendrá que enfrentarse a los precios de las entradas, el transporte aéreo internacional, el alojamiento en ciudades sede y los gastos cotidianos, que para muchas personas equivalen a meses de salario; ahí se encuentra la contradicción más evidente: el deporte popular del planeta se ha convertido en una experiencia reservada para muy pocos. Incluso las comunidades locales también se ven afectadas debido al encarecimiento de servicios públicos, al alza de impuestos para remodelar las infraestructuras y a la reorientación del gasto público hacia el torneo, lo que ha dejado a poblaciones enteras fuera de los supuestos beneficios de estos megaeventos.

Pero la desigualdad no termina con quienes no pueden viajar, incluso la experiencia de seguir el Mundial desde casa está mediada por los métodos de pago, pues el acceso a transmisiones en señal abierta ha ido cediendo terreno a los servicios de streaming, los productos oficiales están fuera del alcance de muchos bolsillos y la identidad futbolística ha sido progresivamente mercantilizada, puesto que el hincha ha sido transformado en consumidor. En conclusión, el Mundial no es simplemente un torneo de fútbol; es un espejo que refleja con claridad las fracturas de nuestra realidad. Desde mi perspectiva, el problema no radica en que existan diferencias económicas, sino en que un evento global termine reducido a un grupo de privilegiados, por ello, mientras la ciudadanía siga siendo una lotería de nacimiento y el acceso a los grandes eventos dependa del poder adquisitivo, las promesas de universalidad quedarán en la nada. De ahí que la movilidad humana, el acceso equitativo y la reducción de la desigualdad no son aspiraciones, sino condiciones necesarias para que eventos como este dejen de ser privilegio de pocos y sean una verdadera celebración de la humanidad. (O)

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Jorge Andrés Calderón, universitario, Quito