Recién asfaltada Urdesa, las secuelas de aguaceros con sumideros tapados por los desperdicios de la quema de fin de año y agujeros que se formaban con la destrucción del asfalto la convertían en un gran lago donde los niños jugaban en sus calles como en una gran piscina.

Los monigotes se fueron transformando desde los construidos por la familia con prendas viejas y aserrín a los que se compraban en la calle 6 de Marzo representando los populares personajes del momento o el político querido u odiado.

Los corredores monigoteros de Guayaquil: en estos puntos se venden años viejos

Por obvias razones, no inculqué a mis hijos el desenfreno que llega a desarrollar la ceremonial quema de monigotes, hoy acompañado de pirotecnia importada en la que se invierten recursos que luego serán dilapidados en un concierto de estruendos que como competencia se realiza entre vecinos.

Publicidad

Debo confesar que de alguna manera seguíamos la costumbre de hacerlo y el primer monigote que compramos fue una marioneta que representaba a Quico del Chavo del 8.

Aquella pequeña marioneta de Quico medía unos cincuenta centímetros, su cuerpo muy flaco con su overol blanco de marinerito. Su cabeza de engrudo, papel periódico endurecido con la masa de almidón daba forma al cachetón de mirada triste quien dibujaba una sonrisa nostálgica ignorando su destino fatal.

Nochevieja

Llegó el día en que después de recorrer las casas familiares recogiendo “una caridad para el año viejo”, en su primera salida recaudó algo así como cinco sucres.

Publicidad

Publicidad

Quico tenía que unirse a la hoguera y sin protestar bajé a la calle acompañado por mi hijo quien tendría unos tres años, pero al momento de lanzarlo a las llamas se aferró a la marioneta y dijo: “no quiero quemarlo”. Sentí una gran alegría cuando regresamos al departamento con su marioneta en brazos la misma que en su impavidez reflejó una sonrisa que la recuerdo hasta hoy.

Mientras cenábamos aquella noche, el muñeco repuesto del tremendo susto nos miraba desde lejos con sus cachetes llenos de alegría.

Publicidad

El año que se va

Quico fue guardado en una cajita y esperó hasta el año siguiente cuando se lo notó preocupado por los nuevos preparativos y sintió el trajín ocasionado porque preguntaban por él, su sentencia de muerte se había actualizado. Quico palideció y se le borró la sonrisa que había mantenido al escuchar las palabras: “lo encontramos”.

Esa historia se repitió algunos años. Quico siempre fue salvado por mi hijo, se había consolidado una sociedad cómplice en la que Quico sabía que mi hijo acudiría al rescate. Así fue como nunca se quemó. Quico fue perdiendo su lozanía y las polillas hicieron mella en su careta y un día ya no apareció más. Sin embargo, desde donde se encuentre y seguramente convertido en polvo de estrellas estará sonriéndole al que fue su verdadero amigo y dibujando con alegría una sola palabra: “gracias”. (O)

Jorge Vallejo Andrade, Guayaquil