Ni los acérrimos seguidores del presidente Trump, ni los más intensos de sus detractores pueden negar que esta elección presidencial pasará a la historia como polémica e inédita, por las denuncias de fraude y las acciones judiciales interpuestas por el equipo del presidente en funciones, que han llegado inclusive hasta la Corte Suprema.

Por citar un ejemplo, la semana pasada, 18 estados demandaron ante la Corte Suprema la inconstitucionalidad de ciertas medidas adoptadas por otros cinco estados (en los que perdió Trump) con motivo del COVID-19. Evidentemente no debe ser común en EE. UU. que unos estados demanden a otros ante la Corte Suprema para intentar revertir el resultado de las elecciones presidenciales. Tampoco debe serlo que una acción judicial como la reseñada haya pasado inadvertida por los grandes medios (casi todos convertidos en equipo de prensa del binomio Biden-Harris) y que solo haya merecido titulares cuando la Corte Suprema la rechazó por votación unánime de sus miembros.

Ni tampoco se puede negar, por lo menos para quienes vemos los toros de lejos, que esta política de receptar los votos por correo, inclusive luego de cerrado el periodo de votaciones, es una invitación al fraude o por lo menos, una puerta abierta para generar poderosas dudas respecto de la transparencia de las elecciones.

Entonces, esperamos que las lecciones que deja esta turbulenta elección sea aprendida y el fuerte mensaje de los electores, debidamente receptado y digerido, fundamentalmente por el presidente electo Joe Biden, un demócrata conservador de centro que precisamente por esa trayectoria recibió el apoyo de gran parte del electorado demócrata en las primarias, ante la amenaza del extremista Bernie Sanders. Que sea consciente de que recibe una sociedad profundamente dividida; y que esa división no es únicamente responsabilidad del discurso populista de Trump, sino, por el contrario, de quienes generaron el ambiente propicio para que ese discurso tome fuerza y llene un espacio abandonado por los anteriores Gobiernos, sobre todo por el periodo Obama.

Que debe gobernar para izquierda y derecha, blancos y negros, latinos y caucásicos, ricos y pobres, creyentes y ateos, conservadores y liberales, nacionales y extranjeros.

Que no olvide la importancia de los valores familiares por encima de los grandes intereses económicos de las oenegés y corporaciones vinculadas con temas reproductivos.

Que debe procurar unificar las reglas electorales y devolver a los más de 70 millones de norteamericanos que votaron por Trump, la confianza en la institucionalidad democrática.

Que por encima de las relaciones internacionales o del importante rol que EE. UU. desempeña en el orden mundial, el pueblo quiere un presidente volcado a solucionar los problemas de los norteamericanos. Que esa debe ser su prioridad por sobre cualquier otra.De lo contrario, esta bomba de tiempo social que late en todos los rincones de EE. UU. y que ha mandado ya varias señales, de lado y lado, puede explotar en 4 años, al punto de que recordemos esta elección (la del 2020) como un verdadero “juego de niños”... God Bless America! (O)