Mi diccionario me alertó que los términos ‘candidato’ y ‘cándido’ no es casualidad que estén sucesivamente ubicados en este. El primero significa: “persona propuesta para un cargo, aunque no lo pretenda”. El segundo, “persona ingenua, sencilla, sin malicia”. Esta disposición diccionaria no relaciona ni sintáctica ni semánticamente a las dos palabras, pero su coincidencia es inaplicable en la política criolla, espacio en el que ciertos cándidos pasan como ‘tontos útiles’ de alguien manipulador en lides electorales y manejo torcido de partidos políticos con pretensiones de gobernar.
Los ejemplos en contexto lo ilustrarán. Algún candidato presidencial sustituto de un ‘gran jefe’ eligió publicitadamente con su movimiento a su binomio (talentoso ciudadano), mas, desde Europa se inscribió vía online al jerarca del cuento como binomio de ese sustituto. Nótese la falta de compromiso del uno y la candidez o docilidad humillante del otro. Existen otras candidaturas excesivamente optimistas del favor popular, ingenuos para estos tiempos que la malicia es inherente de la política. También otras más aterrizadas que optaron por alianzas para fortalecer sus posibilidades. La candidatura indígena sin consenso busca poder gracias a su estructura organizacional y capacidad de convocatoria, hoy divididos. Vale la pena reflexionar nuestro voto para no caer en la quijotesca candidez de pelear contra molinos de viento. (O)
Joffre E. Pástor Carrillo, licenciado en Educación, Guayaquil









