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Occidente pierde el norte

La primera civilización, cultura o sociedad, pues de todas estas formas se las llama, que llega a tener un ámbito planetario es Occidente. Nacida de la filosofía griega, del derecho romano y del profetismo hebreo, no hay rincón de la Tierra que no haya sido tocado en algún grado por su benéfica influencia. A las grandes construcciones intelectuales heredadas de civilizaciones antecesoras, a partir de la baja Edad Media se añaden dos campos del saber, que antes evolucionaron lentamente, la ciencia racional y la técnica, que experimentaron un despegue formidable. Su medicina, sus comunicaciones, sus transportes, su productividad y todas sus actividades prácticas alcanzan niveles inéditos. Las naciones que optaron por valores occidentales llegaron a un grado de bienestar y potencia infinitamente mayor a los que haya tenido pueblo alguno. ¿Una sociedad materialista y tecnócrata? Simplemente les recuerdo que la república, los derechos humanos, la igualdad de todos los seres humanos son elaboraciones occidentales, jamás formuladas antes y menos implantadas como normas generales de convivencia.

¿Tuvo sus costos? Por supuesto, todo proceso natural o físico conlleva su contraparte de “entropía”, lo que expresado elementalmente querría decir que todo proceso creativo produce una porción correspondiente de destrucción. Así ha sido, pero la mera conciencia de este problema en todas sus facetas es producto de la ciencia y el pensamiento occidental. Así la ecología, la abolición de la esclavitud, los derechos de independencia de los pueblos, la igualdad de los sexos y de todas las tendencias sexuales, la búsqueda de la salud y la educación universales son expresiones de la cultura occidental, cosas parecidas solo se han dado en otras sociedades de manera vestigial o muy parcial. Y, como es natural, se impusieron paulatinamente hasta ser corrientes dominantes, aunque antes fueran perseguidas.

La contestación y la rebelión han sido, más bien, movimientos enriquecedores. Así la Reforma protestante, así las revoluciones liberales ilustradas, así los movimientos “juveniles” de los años sesenta y setenta. Críticos con su propia civilización, pero profundamente enraizados en ideas occidentales. Hubo disidencias peligrosas, como el nazismo y el estalinismo, pero la propia cultura generó anticuerpos que los destruyeron. Sin embargo, en las primeras décadas de ese siglo vemos inquietantes signos que hacen trepidar todo el edificio de Occidente. Surgen de todos lados movimientos y tendencias cuyo propósito expreso y consciente es minar los valores esenciales de su sociedad. No es, ni de lejos, nuestra primera crisis, pero esta tiene características que generan angustia y desazón. Entre otras, la falta de líderes, tanto a nivel de individuos conductores como de clases dirigentes. No hay una “minoría creadora”, como diría Toynbee, que sea fermento y motor de nuevos rumbos. Los Estados occidentales están dirigidos por chatos y cobardes. La ciencia, de modo creciente, es monopolizada por cenáculos excluyentes, a la vez dogmáticos y pusilánimes. Las empresas han perdido su audacia y su creatividad. El panorama es desolador. (O)

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