¿Habrá alguien que no haya sentido alguna vez vergüenza, según la definición de la Real Academia Española? Tal parece que sí. Que ciertas personas no se avergüenzan. No se turban sus ánimos ni se encienden sus rostros. No demuestran timidez en sus actos. No miden su honra o dignidad; más bien, causan vergüenza y deshonra. Poco les importa exponerse a la afrenta y confusión pública por los delitos cometidos.

Mucho se ha hablado de la cultura de la vergüenza como característica de la civilización oriental frente a la cultura de la culpa, atribuida a Occidente. Podemos apreciar esta diferencia en la cultura japonesa, donde la vergüenza y la recuperación del honor pueden expresarse en el ritual del harakiri. El sentido de la vergüenza se asienta en la infancia, cuando a los niños se les reprime de exhibir su desnudez frente a propios y extraños. Se irá forjando así el pudor, que marcará a futuro su relación con la ley. La vergüenza estaría ligada a la mirada ajena: Dios, las normas, los otros. La culpa, en cambio, se vincularía a la mirada interna, hacia sí mismo.

En el clásico libro El crisantemo y la espada. Patrones de la cultura japonesa (1974), la antropóloga norteamericana Ruth Benedict cuenta que en 1944 se le pidió estudiar la mentalidad de los japoneses desde la forma en que hacían la guerra, ya que Estados Unidos estaba desconcertado con el enemigo y necesitaba conocer mejor sus reglas y valores, para lograr ocupar ese país con éxito. Un hallazgo asombroso sobre el comportamiento de los soldados occidentales y de los japoneses, señala Benedict, fue “la cooperación que estos últimos prestaron a las fuerzas aliadas como prisioneros de guerra (…) estaban deshonrados, y su vida como japoneses había terminado”.

Escribía la psicoanalista argentina G. Brodsky en Virtualia (septiembre 2017), un poderoso titular: El retorno de la vergüenza. Contaba allí el caso de un juez que 55 minutos antes de que el reo fuese electrocutado, suspendió la orden, diciendo: “Para condenar a alguien a la muerte, antes debo mirarlo a los ojos”. Para el juez, el sentenciado debía probar a su familia que sentía vergüenza. Y esto implicaba disculparse y arrodillarse ante su hermana, de quien había abusado sexualmente. Decir ‘lo siento’ no era suficiente. Era la postura la que denotaría el arrepentimiento.

Comentaba Brodsky que se trata de la justicia expresiva, una nueva rama de la justicia en Estados Unidos, que tiene dos bases: la vergüenza y el estigma. Pero, acotaba ella, en el templo de la justicia –ciega para tomar decisiones sin mirar quién delinque– vemos entrar imágenes y miradas: “Es el gastado debate sobre las virtudes del gesto sobre las palabras para revelar la verdad”. Solo se trata de una justicia del espectáculo. Queremos ver a las personas turbadas, sonrojadas, mortificadas, pero esto muy rara vez ocurre. La vergüenza está muerta, concluyen J. Lacan y J. A. Miller.

¿Qué lugar ocupan en nuestras sociedades modernas la vergüenza, la culpa, el pudor y la honra?, me pregunto. Si para redimirse no es suficiente una sentencia, el encarcelamiento, pedir perdón y reparar el daño, ¿qué entonces sí podría serlo? (O)