En su libro Justice: what is the right thing to do?, Michael Sandel, el aclamado filósofo político de Harvard, reflexiona sobre varias cuestiones éticas, como el aborto, la discriminación positiva, el pago de impuestos, la maternidad subrogada, etc. El libro está basado en su curso de Harvard del mismo nombre, que lleva dando por más de tres décadas y se puede seguir online, en la página EDX y en YouTube.
Entre los varios temas, uno muy interesante trata sobre la responsabilidad colectiva: ¿Tiene sentido que un país pida perdón por los errores que cometieron sus antepasados? Pedir perdón por una injusticia es tomar responsabilidad por esta y ¿cómo puedo responsabilizarme por algo que no he hecho y que pasó antes de que yo naciera? Si mi papá fue dueño de esclavos, yo no tengo ninguna obligación hacia los afroamericanos de hoy en día, más que las que yo consienta voluntariamente. Esta es la visión del individualismo moral: solo tengo responsabilidad moral de las obligaciones que libremente he consentido y de respetar los derechos universales de los demás. No asumo obligaciones ni por dónde nací, ni por mi familia, ni por mi raza.
En definitiva, la libertad es la única fuente de responsabilidad moral. Sin embargo, según Sandel, el individualismo moral se queda corto. Es cierto que estamos obligados a aquello que consentimos, pero, si queremos hacer sentido verdaderamente de nuestra forma de actuar, nos vamos a dar cuenta de que la libertad no es la única fuente de obligación moral. Además sostiene que no podemos abstraernos de nuestras circunstancias y relaciones que nos vienen dadas para hacer sentido de la libertad, sino que debemos integrarlas. El ser miembro de una familia, de una ciudad o de un país es relevante para nuestros deberes morales. Por ejemplo, un hijo cuya madre está mayor y sola tiene una responsabilidad hacia ella de cuidarla o asegurarse de que la cuiden. No decimos que tiene el deber de cuidar de cualquier mujer mayor, pero sí de su madre. ¿Por qué?, por el parentesco y la relación de madre e hijo que no es consentida, sino que es dada. Similar situación se da en la resistencia francesa en la II Guerra Mundial. Para librarse de los alemanes tenían que bombardear ciertas poblaciones francesas. En una misión, a un piloto le asignan bombardear un pequeño pueblo, pero resulta que es su pueblo natal. Ahí nació y creció, ahí está su familia y amigos. El piloto sabe que el bombardeo es por un bien mayor: liberar a Francia. Sin embargo, se rehúsa a hacerlo. Más que mero sentimentalismo, siente un deber moral hacia esas personas, hacia su comunidad. Comunidad que no escogió, sino que le es dada. Pero como miembros de una comunidad, su historia es nuestra historia. Así como sentimos orgullo por la historia de nuestro país o de nuestra familia, asimismo, sentimos vergüenza por sus errores pasados y tenemos el deber de repararlos. De aquí, a que un país ofrezca disculpas por algo que pasó hace 50 o 100 años es diferente, es también una cuestión de tacto político (pueden resurgir resentimientos y conflictos, lo que sería contraproducente). Pero la idea de que tenemos deberes morales que nos son dados, nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre nuestra concepción de libertad y su papel en la política. (O)
Víctor Maspons Noboa, Guayaquil









