Teóricamente todos estamos preparados para la muerte. He visto que algunos retardan la noción a los niños y les mienten sobre la desaparición de algún ser querido. Que se fue de viaje, que pregunta por él. Sin embargo, juegos y ficciones incorporan el hecho de morir con absoluta naturalidad y hasta con muertes violentas. Peleas y disparos se imitan en el frecuente escenario del teatro infantil.
Basta un poco de “uso de razón” –eso que nos pedían para autorizarnos a hacer la primera comunión– para aceptar que los seres humanos así como empiezan al nacer, terminan al morir. La educación cristiana es elocuente con el tema al mostrar la muerte de Cristo y convertirla en el núcleo de su doctrina. Pero ya sea por la vía religiosa o antropológica, la pérdida de nuestros allegados por el fin de la vida representa una ruptura, un tajo que divide antes y después de relaciones fundamentales: nuestros padres, hermanos, parejas, hijos, nuestros más queridos amigos.
Ha sido y sigue siendo tan importante el hecho de morir que toda una ritualidad está dibujada en su contorno. Los funerales forman parte de las prácticas humanas desde tiempos lejanos y el afán de memoria justifica la edificación de pirámides, mausoleos, hipogeos y artísticos cementerios, todo se ha emprendido para combatir el olvido. Como animales memoriosos que somos, miramos hacia atrás para reconstruir existencias que podrían constituir modelos del buen hacer, aunque también del error y del mal. Una dignidad en el morir nos iguala: todos merecemos una tumba, un espacio de reposo, una urna para nuestros ínfimos desechos.
Frente a la muerte cada deudo es un ser herido, con una herida por sanar, con un vacío que algún contenido espiritual tiene que llenar. Rito para despedir y tiempo para asimilar la pérdida se llama duelo, esos días que cada persona tiene que pasar a su ritmo y en su más honda intimidad: el tiempo de la película interior de todo lo vivido, el tiempo de adquirir nuevas costumbres, el de poner un nuevo orden en las cosas que se compartieron, en los bienes que se mantuvieron; hay quienes se cierran en el silencio de ese nombre que se fue, hay otros que reconstruyen entre evocaciones los pasos del ser huido; la mayoría se consuela con ideas de vida sobrenatural e instala rezos en sus hábitos de soledad.
Como se ve, estoy describiendo los pasos que las culturas han instalado para vivir los duelos. Una tierra no es propia hasta que no alberga a un muerto cercano, decían los emigrantes. Una familia no se cohesiona hasta que no se reúne ante el ataúd de un fundador o fundadora. Un fallecido no sale por la puerta grande del amor de los suyos si carece de una ceremonia que lo honre. Esos gestos nos han sido indispensables a lo largo de los siglos.
Por eso hoy es trágico, terrible e innombrable que nuestros seres queridos se hayan ido sin un contacto con los suyos, se apilen entre cerros de cadáveres, se conviertan en ruina o ceniza sin mediar ninguna palabra ni signo de despedida. La peste nos ha quitado muchas cosas, y esta, enorme, nos priva del proceso de nuestros duelos. (O)








