Basados en la importancia de los medios de comunicación, el grado de influencia en la opinión pública nacional e internacional y tomando en cuenta los actuales medios tecnológicos que permiten que llegue la información, en tiempo real, al último rincón del mundo, por lo que hay razones suficientes para que, en tiempos de guerra, se pueda llegar a omitir la información por razones del rigor de la guerra, pero jamás se deberá aceptar la desinformación alteradora de la verdad, esto habrá que cuidar celosamente si se quiere ser creíble.

El mariscal prusiano Otto von Bismarck solía decir: “Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra o después de una cacería”, lo señalado no es gratuito, se ha venido repitiendo cada vez que estalla una guerra, para evitar esa “mala fama”, se debe verificar que las fuentes sean fidedignas para que los medios puedan entregar una información clara, oportuna y verídica, considerando que la confianza y credibilidad son recursos demasiados frágiles para perderlos.

Conscientes de las reflexiones señaladas, los mandos militares de nuestro país habían establecido, antes de la guerra del Cenepa (1995), vínculos con los representantes de los medios de comunicación como una verdadera política institucional; las reuniones de trabajo con sus directivos, con los periodistas y sus auxiliares se hicieron frecuentes, las visitas a unidades de frontera ya no eran una novedad, los cursos de paracaidismo o de reporteros de defensa se hacían periódicamente, así como los cursos del Instituto de Altos Estudios Nacionales siempre contaban con profesionales de la prensa; eso permitió estrechar vínculos, conocimientos y una relación de mutua confianza entre uniformados y periodistas.

El trabajo de los periodistas, durante la guerra del Cenepa, tuvo el total apoyo de las Fuerzas Armadas; se les dio todas las facilidades, tanto tecnológicas como de movilización a los periodistas extranjeros que llegaron cerca de 200 a cubrir las noticias de la guerra, incluso sin excluir a periodistas peruanos que tuvieron las mismas facilidades; igual trato tuvieron los periodistas nacionales, así como las agencias noticiosas acreditadas en el país, esto fue una suerte de política de Estado que tuvo el reconocimiento internacional.

La guerra informativa como elemento coadyuvante al triunfo de las armas en el campo de batalla solo fue posible porque las fuentes eran confiables y la información entregada a los medios era creíble; el pueblo siempre estuvo informado de la verdad lo que permitió elevar el espíritu cívico de los ecuatorianos que confiaron en sus soldados defendiendo en forma heroica su patria. En esta experiencia, que nos llena de orgullo y es parte de la historia, no tuvo cabida esa vieja sentencia que dice: “En la guerra la primera víctima es la verdad”.

Las Fuerzas Armadas no solo deben tener siempre abiertas sus puertas para ser conocidas, sino también deben invitar a los ciudadanos a participar del conocimiento académico y profesional en los temas cívicos y de la seguridad nacional y propender su profundización, en el campo educativo y cultural, como contenido pedagógico a transmitir en forma permanente. (O)