Empieza a repetirse cada año en esta época. Una semana después del inicio de clases en el ciclo de la Sierra, decenas de padres de familia aún hacen fila durmiendo en las veredas de algunos planteles fiscales primarios y secundarios de Quito, buscando un cupo para sus hijos, o el cambio de escuela por una que esté ubicada cerca de su casa y no en el otro extremo de la ciudad. Es uno de los fenómenos más visibles del darwinismo a la ecuatoriana, que asegura y perpetúa las diferencias en beneficio de los más ricos. A diferencia de la teoría original, no se trata de una selección natural, sino de otra que se funda en ventajas sociales, económicas, políticas y culturales. En consonancia con un rasgo perverso de nuestra sociedad, los ecuatorianos “naturalizamos” aquello que contradice el orden de la Naturaleza.

Este darwinismo empieza desde el nacimiento o antes. La mortalidad materna, neonatal e infantil, los traumas obstétricos y sus consecuencias, y las malformaciones congénitas, son algo más frecuentes entre los pobres. Los bebés ricos vienen al mundo en mejores hospitales, después de haber contado con un control prenatal apropiado. Para el comienzo de la escolaridad, las diferencias ya están perfectamente establecidas. Al terminar la educación primaria, los niños ricos hablarán fluidamente dos idiomas, dominarán el manejo de la computadora y la tableta, tendrán una cultura general básica, harán regularmente deporte, danza o música, y habrán viajado al menos una vez al extranjero. Los niños pobres, a duras penas habrán aprendido a leer y a escribir, se defenderán en las cuatro operaciones básicas, y frecuentarán el cibercafé de su barrio… si hay alguno.

Los jóvenes ricos tendrán la oportunidad de realizar maestrías y doctorados en el Ecuador o en el extranjero, después de haber culminado una educación universitaria asegurada desde su nacimiento. Los pobres pelearán por un cupo para una universidad pública, si tienen suerte optarán por la carrera que eligieron o deberán resignarse a cursar otra, o más bien asumirán que su alternativa es la condición de obreros, albañiles, labriegos, empleadas domésticas, migrantes ilegales u otras ocupaciones aún más peligrosas. Los adultos ricos ocuparán posiciones profesionales ejecutivas, empresariales, técnicas, políticas o académicas bien pagadas, y constituirán la clase dirigente que en algunos casos pone o quita presidentes de la República, y define las condiciones de vida y los destinos de la mayoría pobre del Ecuador. En la hora final, los ricos tendrán asistencia médica y religiosa, un funeral concurrido y un nicho perpetuo. Los pobres… Ahí terminan las diferencias, porque asumo que más allá no hay nubes ni pailas VIP, como lo verificaré en algún momento.

Un país –como el Ecuador– que no invierte lo suficiente en salud y educación para toda la población, está destinado al crónico fracaso en todos los órdenes, y condena a pobreza perpetua a la mayoría de su población durante no sé cuántas generaciones. Debemos reconocer que el gobierno anterior intentó corregir esas diferencias construyendo muchos edificios. Lamentablemente lo hizo a su manera megalomaníaca, histriónica, corrupta e ineficiente, ratificando el darwinismo a la ecuatoriana. Dicen que hemos enviado funcionarios ministeriales a Finlandia para aprender de su sistema educativo. ¿Aprendieron algo? (O)