La playa de la Barceloneta ha sido siempre, para mí, el escenario en donde Don Quijote perdió su última pelea a manos del bachiller Sansón Carrasco. Fue su batalla definitiva porque, al ser derrotado, tuvo que volver a la Mancha y a la cordura. Puedo escuchar las detonaciones de los juegos pirotécnicos desde de la mañana del 23 de junio. Un mensaje de Leonardo Valencia me recuerda que la llegada del Quijote a Barcelona fue en las fiestas de Sant Joan, al igual que esta, la de mi segundo periplo en la ciudad condal. Durante la noche, me reencontraré con el Mar Mediterráneo, que aparecerá detrás del humo de las tradicionales fogatas encendidas en la arena.

A Barcelona llegué por primera vez en septiembre de 2013 y lo hice para quedarme un año. Creo que tenía la peregrina y payasa idea de que Carmen Balcells, que seguía viva, me iba a descubrir, como lo había hecho con los escritores del Boom latinoamericano, pese a que yo no tenía ningún manuscrito, solo el sueño de escribir una novela. Era delirante y pretensioso. Poco me tardé en entender que faltarían muchos años y mucho crecimiento (aún falta) para considerarme escritor. Vuelvo a la capital catalana, cinco años después, y es inevitable que este viaje me haga sentir en casa. Me he propuesto visitar todo lo que antes no pude, como el museo de Joan Miró.

Llego a la Plaza de Cataluña, en el bus del aeropuerto, y repito el mismo rito de esa primera ocasión: me tomo una foto. La otra, la de 2013, fue usada por un megalómano para atacarme en su sabatina, cuando escribí un artículo en el que denunciaba la represión con la que quiso aplacar una protesta justa. En aquel entonces yo tenía 21 años. En esta ciudad no escribí una novela, como hubiera querido, sino unos pocos cuentos y poemas, pero entendí que son las palabras, en sí mismas, los actos en los que los seres humanos nos jugamos nuestra libertad. Recuerdo esa conclusión mientras camino con Estefanía Cáceres por el barrio Gótico. Le enseño uno de mis lugares preferidos: la Plaza San Felipe Neri.

Si Madrid fue el reencuentro con la juventud de mi madre, Barcelona es con la mía. Camino desde el centro hacia el barrio Sarià-Sant Gervasi y es como un viaje hacia el pasado. Subo por Muntaner y llego a Marià Cubí 100, el lugar en donde viví y en donde leí, para las clases y también porque el destino es así, la primera parte del Quijote y libros de la Matute, Gil de Biedma, Max Aub, Cernuda, José Agustín Goytisolo o García Lorca, que me calaron hondo. En el descuido de un residente del edificio, entro por unos segundos y contemplo una vez más las escaleras por las que bajé tantas veces, para ir a la universidad.

Camino por Gràcia, maravillado de saber que Barcelona es una ciudad en donde no me pierdo ni necesito mapa. Visito el edificio en la calle Joan Blanques, en donde Leonardo Valencia tenía su Laboratorio de Escritura y donde conocí a Javier Cercas y a Enrique Vila-Matas. Voy al Café Salambó, que a Carlos Arcos Cabrera le gustaba tanto. Desde la plaza Lesseps empiezo la marcha hacia el bar en donde tendré la cita con Javier Cercas. Llega y recordamos la ocasión en que, luego de pasear en el centro histórico de Quito, mi olvidado Volkswagen Gol de 2004, color blanco, no se encendió y él tuvo que empujarlo. Viene a mi mente el rostro perplejo de mis amigos cuando se imaginaban al admirado novelista español en esa situación graciosa. Cercas, en esta nueva ocasión, me dice que Nueva York le parece fantástica para escribir, que los escritores tenemos que reinventar nuestra voz para no escribir siempre lo mismo y me pide que nunca olvide la operación alquímica que realizan las palabras: convertir el dolor humano en algo bello, en memoria.

Desayuno con Jorge Carrión y me cuenta que visitará Ecuador muy pronto. Por recomendación suya camino por la rambla de Poblenou. Pienso en cómo será el reencuentro con mis amigos catalanes en la noche. Alejandro Veiga me lleva a conocer el Monte Carmelo, desde donde el Pijoaparte salía a conquistar a Teresa en su motocicleta robada, según la novela de Juan Marsé. En la cima del Monte están los bunkers. Allí se instalaron las baterías antiaéreas para defender a la república de los ataques fascistas. Desde el Carmelo, esta ciudad aparece como si fuera los restos de agua que el oleaje lanza contra la costa, volviéndola un reflejo del cielo. Es una imagen que flota en el Mediterráneo, en la península, en mi cuerpo. Toda Barcelona es como una sola playa, en medio de la cual se alzan castillitos de arena y el más bello es la Sagrada Familia de Gaudí.

Son las 4 de la mañana y voy en un tren. En pocas horas saldrá mi avión hacia la República Checa. Luego del asado, fuimos a la fiesta mayor de Sant Cugar. Música. Torpedos. Evocaciones de otras fiestas. Alegría. Abrazos. Uno no es consciente de que las queridas costumbres son efímeras. Hace un lustro, cuando yo era estudiante de intercambio y ellos de la carrera de filología, no sabíamos que los cafés después de clases y las largas conversaciones –Cataluña, la militancia, América Latina, la literatura– se iban a acabar de pronto. Federico Gómez, emocionado, confiesa que no había creído posible un rencuentro de todos. Cristina García me da un largo abrazo y me dice que no he escrito tantos cuentos, como antes, porque ahora soy más feliz. Si la existencia fuera una carrera circular, tengo la sensación de haber alcanzado el punto de partida y de haber entendido que lo que he recorrido no es una pista sino el tiempo. Siempre me he preguntado a qué se debe mi obsesión con Barcelona y el pasado. Quizá en estas playas, a contravía de Alonso Quijano, yo recobré la capacidad de creer que hubo y hay caballeros andantes en el mundo. Escucho desde el fondo de mi memoria la voz de Chavela Vargas diciéndome, con su pendenciera seguridad, que uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida. (O)