Esa enorme novela que conviene leer dos veces

19 de Febrero, 2019
19 Feb 2019
19 de Febrero, 2019 - 00h08
19 Feb 2019

“La literatura es el arte de escribir algo que se lee dos veces”, escribió el crítico inglés Cyril Connolly. Recuerdo esta frase cada vez que vuelvo a ver un libro que me tienta releerlo. Y de alguna manera he tomado esta disposición con una constatación de calidad. Todo lo que pide ser releído, lo que se tiene ganas de volver a leer, encierra una maestría que no necesita mayor demostración. Por supuesto, pueden darse desencantos. Aquel libro que tanto fascinó, al pasar los años y releerlo, resulta que ya no encierra ese atractivo, y hasta sorprende que lo haya tenido. Por no decir de aquello que uno ha subrayado o incluso comentado al margen y que ya no se comprende el porqué de la importancia de tal asunto.

La razón de la relectura puede deberse a la riqueza de niveles en los que se desenvolvió el escritor. También al exceso de anécdotas, planos, personajes, que no pueden copar toda la atención que se le presta y que solo con la relectura es posible empezar a ver. Cada lector tiene su libro favorito para releer, y no siempre consiste en leerlo de nuevo íntegramente. Hay libros que permiten –y esta sería otra medida del talento– relecturas parciales. Casi podría decir que hay autores que están dispuestos para una relectura parcial garantizada en sus libros principales. Pero conforme lo pienso y hago una lista mental el número queda reducido a unos cuantos clásicos que todo el mundo conoce. De manera que lo más importante es la lista personal de cada lector que sabe qué partes de sus libros de relectura son las que quiere volver a visitar. En ese sentido, los libros de poesía o los de cuentos, tienen garantizada la relectura: son breves y basta una sola sentada, como sugería Poe. Con las novelas, y sobre todo las extensas, el asunto cambia. Ese avance gradual en las novelas, con sus rodeos y preparativos, son necesarios para alcanzar la temperatura mayor en sus mejores momentos. Como si una novela no se pudiera desgajar en racimos que se disfrutan aisladamente. Con algunos clásicos es posible, como lo demuestran siglos de relectores. Entre mis favoritos para releer está Pálido fuego de Nabokov, quizá porque el mismo autor dispuso capítulos independientes en el que su narrador, Kinbote, dice interpretar unos versos del poema homónimo y cuenta la historia a la que aluden. Cuando no sé qué llevarme para releer, tengo mi ejemplar de Pálido fuego siempre a mano. No falla nunca. Pero estas relecturas parciales –el Quijote o la Divina comedia son clásicos que tampoco fallan jamás– pueden también impedir la relectura completa. De manera que ese arte de releer una novela íntegramente queda reservado a muy pocas.

¡Cuánto de trasgresión hay en la relectura! Frente a la sobreabundancia de novedades, releer es subversivo, provocador, disidente. Casi como parar el vértigo del mundo volcado a la prisa y lo nuevo para darse tiempo y volver a pensar lo que parece relevante porque pide otra mirada. La relectura es gozosa, porque no tiene prisa, está volcada al placer de mirar de nuevo lo que se pasó por encima. Releer tiene una disposición erótica: se conoce el final de la historia pero lo que importa ahora es el recorrido, el goce de los preámbulos, el asomo y la insinuación de lo que ya se sabe que va a venir y que, aunque importa, lo que hace es confirmar lo previo, lo intuido y sospechado.

No siempre tienen los mismos criterios las novelas que he releído. A veces hay cuotas de enigma que sigo sin entender, así me ha ocurrido con 2666 de Roberto Bolaño, El maestro y Margarita de Bulgakov, El arrebato de Lol V. Stein de Marguerite Duras o El castillo de Kafka, esta última una novela que nunca terminaré de comprender pero que sé que estará allí, siempre esperando a una nueva lectura.

A veces releo por partes. No he terminado los varios tomos de En busca del tiempo perdido de Proust. Solo he llegado al tercero, pero de los dos primeros tomos he hecho varias relecturas. Y si sigo a este ritmo de releerlos, quizá no lo acabe nunca. No importa. El goce está en el recorrido. Ahora mismo estoy releyendo Guerra y paz de Tolstói. Lo hago por segunda vez. Y el asombro sigue siendo interminable. Yo que pensaba y recordaba que lo más importante era el triángulo entre Pierre Bezujov, Andrey y Natasha, no le había prestado suficiente atención a otro personaje, Nikolai Rostov, el hermano de Natasha. Todo empieza a encajar de otra manera. Lo menor cobra relevancia y entra en relación con lo más evidente y notorio. Son más de mil páginas y en este nuevo viaje recién voy por la mitad. A veces alguien me comenta que va a leer Guerra y paz, o que la acaba de terminar. Esto genera una complicidad inmediata. Ese ejercicio de lectura es, a fin de cuentas, un ejercicio de la mirada. Una enseñanza en el ver que inevitablemente conviene llevar a la realidad para percibir de otra manera y acaso ser más justos con lo que vemos, así como con lo que dejamos de percibir. En la lectura operan todos los intereses previos del prestigio o la recomendación de una obra que despierta curiosidad. En la relectura es donde realmente toma rostro la necesidad de aquel libro para el lector. Quizá diría que es donde nace el verdadero lector. Todo lo que se leyó está impregnado de su entorno, de ese momento vital en el que aquella novela cayó en sus manos y que ahora, que se la vuelve a visitar, está esperando para ver qué hubo de cierto y qué hay de cierto. Así, la novela ya no es solamente una fuente de información, una trama interesante, sino una forma de arte y un privilegiado espejo de la memoria. (O)

 

Esa enorme novela que conviene leer dos veces
Todo lo que pide ser releído, lo que se tiene ganas de volver a leer, encierra una maestría que no necesita mayor demostración.
2019-02-19T00:08:46-05:00
El Universo

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