Cuestionar algo del gobierno anterior era arriesgarse a ser acusado de envidioso, ‘sufridor’, condenado al desprecio y mandado a purgarse en ‘Pare de sufrir’. Opinar distinto te convertía en un “opositor perverso” tratando de boicotear a quienes hacían bien las cosas. El adjetivo ‘sufridor’ se institucionalizó para neutralizar y amedrentar a gremios, estudiantes, amas de casa, campesinos, obreros o cualquier ciudadano que reclamara por un acto censurable. Hubo intentos de amordazar a los periodistas. Si investigaban denuncias sobre presuntas anomalías, eran perseguidos y acusados de pertenecer a la “prensa corrupta”; mientras la podredumbre campeó tranquila por varias instituciones. La indecencia contaminó a muchos funcionarios de una forma espantosa. El doble discurso y doble moral se fueron constituyendo en honorables cartas de presentación. Algunos condenan públicamente la violencia, el bullying escolar, la deshonestidad; pero usan lenguaje agresivo, irrespetan a las mujeres de partidos políticos diferentes e integran poderosas redes de corrupción. La posta generacional presencia el bochornoso espectáculo de otra decadente etapa política salpicando porquería, reproduciendo asco, enojo, impotencia. Prevalece el latrocinio, el cinismo, la degradación pública; cuando no deberíamos sufrir esas calamidades, al haber sido administrados por manos limpias y corazones ardientes.

Muchos destacan una década de grandes obras, pero en cuanto legado ético de justicia, libertad, responsabilidad, probidad, respeto, fundamentales para una nación encaminada al desarrollo y la modernidad, según afirmaban, se construyó poco o nada en estos años de “buen vivir”. En su lugar se multiplican los antivalores de impudor, deslealtad y afloran contubernios vergonzosos. Preocupa sobremanera que la mentira, el insulto, la pillería de alto quilate, aún sean defendidas por acólitos partidistas. Cómo no sufrir de rabia al escuchar: “estos robaron, pero hicieron obras”; justificación patética a estas alturas. Necesitamos cambiar esa mentalidad mediocre, conformista en la población. Solo posicionando la honradez, la respetabilidad y solidaridad como conducta familiar, social y política en las relaciones cotidianas podremos sacar a la sociedad del atolladero en que está sumida. Nuestros representantes deben predicar con el ejemplo, conjugar verbos tendiendo puentes de entendimiento, no murallas de odio.

La historia recuerda líderes como el presidente sudafricano Nelson Mandela, cuidadoso en sus expresiones, respetuoso con la minoría étnica que lo encarceló; tolerante al legitimar el rugby, considerado símbolo de opresión contra la población negra, convirtiéndolo en deporte de unidad nacional. Imaginemos a Mandela suprimiendo a los Springboks, diciéndoles “no sean sufridores”, “vayan a Pare de sufrir”; quizá incendiaba más a su patria en vez de pacificarla, pero demostró una forma de gobernar digna de imitación. Con tantas acusaciones de coimas, saqueos de las arcas fiscales y descalificaciones verbales lacerando hace muchos años la institucionalidad, más que nunca debemos fomentar conductas positivas e implementar estrategias eficaces de control público. El Estado necesita sanear las instituciones de elementos negativos para extirpar todo vestigio de parasitismo, prepotencia y corrupción. Requiere seleccionar funcionarios que sean ejemplo ético-moral para los niños y jóvenes; promover la honestidad y el respeto como valores necesarios para fortalecer la democracia. Cualquier momento puede terminar la tregua; el país podría convulsionarse nuevamente; ojalá no regrese la descalificación, la persecución, ni esa arrogancia contra eventuales opositores de mandarlos a quejarse a ‘Pare de sufrir’. (O)