Tan práctico y liviano; tan dúctil y maleable; tan barato y accesible; tan universal y de usos tan diversos; tan durable y por ello, tan mortal. Por esos atributos nos estamos inundando de plástico y con ello, estamos ahogando en él, la vida.

Observo en mi entorno inmediato: la cantidad de botellas plásticas que salen de mi casa, me asombra; multiplico por cinco para una familia típica y me asusto. Salgo a caminar y en estos días en que la recolección de basura ha estado alterada en Quito, me quedo perturbado por ver la cantidad de botellas y fundas plásticas que desbordan los basureros. Recorrer los caminos es encontrarse con la visión de botellas desechadas y arrojadas a sus veras. Ir a la playa es encontrar una odiosa capa de plástico que queda como recuerdo de las aglomeraciones.

Enciendo el televisor y constato que lo propio ocurre en todo el planeta. Las imágenes de las grandes ciudades del África como Nairobi o Lagos o de las de la India, descorazona. Veo un documental en que los surfistas se enfrentan a la basura de plásticos en el mar de todas las latitudes. Veo otro en que se dice que las aves se confunden y alimentan a sus polluelos con pequeños trozos plásticos que toman por semillas y mueren. También pasa con las tortugas enredadas en plásticos flotantes que las ahogan. Otro documental muestra cómo las pelusas casi invisibles de esas prendas de vestir tan prácticas, livianas y abrigadas, llegan al mar, se confunden con el plancton, son ingeridas por los peces y mueren. Por cierto, estos residuos duran centenares de años.

¿Qué hacer? Reciclar, pero apenas absorbe un pequeño porcentaje de todo el plástico producido. En nuestro país poco se hace al respecto; unas pocas ciudades separan los residuos. Quito, por ejemplo, está muy atrasada en esa materia. Una solución posible es penalizar el uso de envases plásticos, volver al envase de vidrio retornable, por el que se paga y se recupera. ¿Quiere envase plástico? Pague por el sin retorno, por un valor de al menos el doble del retornable; que el envase plástico sea caro. Para hacer vidrio se necesita de arenas que abundan, y es absolutamente reciclable; sorprende que la industria del vidrio sea tan incipiente entre nosotros. ¿Y las fundas plásticas? Prohibidas. Fomentar el uso de fundas de tela reusables se ha iniciado, pero dista mucho de haberse generalizado; ¿no trajo su funda? Tenga una de papel reciclado y pague por ella; a ver si la próxima se acuerda y trae la suya. Haríamos bien en imitar a europeos y argentinos con el carrito de la compra.

¿Y del resto de plásticos? Veo que en Kenia, país africano, un científico indio ha desarrollado un método para convertir el plástico en diésel sintético y ya tiene una planta piloto exitosa. ¿Por qué no podríamos hacer algo parecido nosotros? Ese combustible no produce humo y puede ser un sustituto en las áreas rurales o para embarcaciones de pesca.

Tenemos la costumbre de endilgar la búsqueda de soluciones sobre estos temas a otros, bajo el argumento de que somos país pequeño y de bajo impacto ambiental. Hay países más pequeños y pobres que ya toman iniciativas. Todos somos corresponsables de esta nave azul llamada Tierra. ¿A qué esperamos? ¿A ahogarnos en basura? (O)