Las vueltas que da la vida han hecho que recale una temporada en Panamá para conocer las comunidades indígenas del istmo: Embera, Kuna y Ngäbe-Buglé, unas gentes maravillosas.

Los emberas y los kunas son originarios del Chocó colombiano que descendieron por el río Atrato y terminaron en el Darién los unos y en las riberas del Caribe los otros. Los kunas siendo comunidades de selva, en su tránsito hacia las tierras bajas, devinieron en gentes de mar, ocuparon un puñado de islotes en medio de un mar calmo, en el archipiélago de San Blas. Conservan su ancestral relación con el monte, en una franja costera del Atlántico, cuidada y preservada.

En 1925, los kunas se levantaron contra el naciente estado de Panamá, desprendido de Colombia en 1904. Resultado de ello, lograron unos tratados que aseguraron su autonomía, el uso de sus propias leyes, la conformación de su Congreso, la determinación de un territorio propio y la formación de una hacienda. Son el primer pueblo indígena en haber logrado un estado de autonomía con reconocimiento de nación.

Estos mismos kunas le dieron nombre a nuestro continente: Abya Yala. Sostienen que los seres humanos somos como un cuenco de barro, único e irrepetible. Honran la vida como un don sagrado y así se pone de manifiesto en sus rituales del nacimiento. A la mujer preñada se la prepara por meses para el parto. Como pueblo de la selva, esta es la farmacia que les provee de plantas y árboles con que preparan bebidas propiciatorias. El parto se hace de forma vertical para facilitar la salida del bebé del vientre materno. En el momento de nacer, el crío es recibido por una partera con asistencia del chamán y luego de cortar el cordón, el bebé es bañado en agua tibia con hierbas y hojas especiales; la madre también es bañada en una piragua con agua ritual.

Nacido y limpio, el nuevo kuna es puesto junto a su madre y el médico ancestral toma la placenta materna para “leerla”; de esa lectura salen orientaciones para el futuro del recién nacido, sus cuidados, educación y camino. Leída la placenta, es depositada en la tierra; pero no se entierra, ¡se siembra! Se devuelve así a la madre tierra la placenta alimentadora de la vida; se completa el círculo que se manifiesta en la redondez del vientre de la mujer preñada. Esta redondez encarna la vuelta al origen; la siembra alimenta a la tierra para que sustente la vida de los que vendrán. Algo parecido ocurre con el cordón umbilical; también es sembrado, pero en este caso, con un árbol frutal. Ese árbol será cuidado por la familia hasta cuando dé fruto, que se compartirá con el resto de niños de la comunidad. Cuando el niño crezca, será responsable del cuidado del árbol, su compañero.

Cuento esto que un kuna me lo contó, ahora que celebraremos un nacimiento especial y cuando contengo el aliento ante la posibilidad de volver a ser abuelo. Lo cuento con el amor de los kunas por la palabra, pues creen que ella tiene poderes sanadores y por eso aman a los poetas. Lo cuento en celebración de la vida, para desear una feliz Navidad a las gentes de buena voluntad del planeta. (O)