En estos tiempos confusos de falsas verdades, de necedad agazapada, en que los fariseos se llenan la boca de palabras grandes para luego apuñalarnos por la espalda, en estos tiempos de desaliento y desánimo, es bueno que el espíritu humano nos muestre su faceta más luminosa.

Eso ha sido la entrega de los premios Princesa de Asturias; se entregan desde hace 36 años a las iniciativas, instituciones y personas que han hecho una contribución destacada al progreso humano, en campos que van del deporte a las artes, de la comunicación a la cooperación, o de las ciencias a las letras. Todas estas tienen como denominador común la convivencia civilizada y fraterna, expresión de los fundamentos del espíritu humano.

Destacadísimos todos los galardonados. Para empezar, los entrañables y ya ancianos Les Luthiers con cincuenta años entregándonos humor inteligente; ellos mismos sorprendidos por semejante distinción, a todas luces muy merecida. Ese humor inteligente que nos ha puesto a ver nuestras estupideces para reírnos de ellas y reflexionar con sabiduría. El premio fue a la comunicación y las humanidades. En efecto, ¡qué humanos estos viejos queridos!

A las letras se premió al poeta polaco Adam Zagajewski que escribe desde la experiencia del exilio y el desarraigo; habrá que leerlo. Un destacado premio es de las ciencias, otorgado a un grupo de científicos encabezados por un premio Nobel y una organización de cientos de científicos de todo el mundo que, mediante acuerdos y voluntad de mutuo apoyo, desentrañan los misterios del universo con su descubrimiento de las ondas gravitacionales. Notable ejemplo de cooperación de diversos para el logro de propósitos comunes.

La Unión Europea galardonada por la concordia y convivencia, dos palabras que se hicieron presentes en todas las intervenciones de oferentes y galardonados; concordia y convivencia que son el norte de la Unión Europea, sin duda llena de retos y problemas como toda empresa humana, pero que encarnan el proyecto político y social más ambicioso que haya emprendido un conglomerado tan diverso y tan proclive a las guerras. Convivencia y concordia, bases de la paz.

El equipo de rugby neozelandés, los All Blacks, premiado por su sentido de trabajo en equipo y de integración cultural que ha hecho de una danza maorí su enseña. A las artes se premió a William Kentridge, sudafricano blanco, que con carboncillos y cartulinas, representa la vida y el mundo negro.

Karen Armstrong, ex monja de clausura que se ha dedicado al estudio de las religiones, galardón a las ciencias sociales. La conocí por su biografía de Siddhartha, el hombre que devino en Buda, es decir, hombre despierto, consciente, capaz de darse cuenta, y por ello, de ejercer la compasión, esa vivencia de sentir con el otro. Mi hija Alegría, siendo aún una niña, ya apuntaba lo esperanzador de ese tránsito de Siddhartha. Armstrong ha publicado una docena de libros sobre el Islam, que nos aproxima a su entendimiento; ella también nos habla de la compasión.

Convivencia, concordia, cooperación, compasión: virtudes humanas que a veces nos permiten palpar su triunfo sobre nuestras miserias. Me pregunto si nuestro pequeño y querido país logrará disipar sus fantasmas y exorcizar sus demonios para mostrar también la grandeza de su espíritu humano. Guardo esa esperanza. Con los años, me pongo un poco iluso, insinúan mis amigos. Pero es que sin esta esperanza, no sabría cómo seguir respirando. (O)

...en estos tiempos de desaliento y desánimo, hace bien ver que el espíritu humano muestre su faceta más luminosa.