Un desvelo me permitió ver en vivo la ceremonia funeral de Helmut Kohl en el Parlamento Europeo. He de destacar que es la primera vez que se realiza una ceremonia así y que fue de una llamativa sobriedad, al tiempo que solemne. Significativo también que la ceremonia fue en Estrasburgo –sede del Parlamento en territorio francés– en honor de un excanciller alemán.
Con humildad he de reconocer que poco supe de Helmut Kohl, más allá de su enorme talla en alto y ancho. Este desvelo me ha permitido conocer su gigantesca dimensión humana y política, por testimonio de grandes figuras, como los expresidentes Bill Clinton y Felipe González, o de la actual canciller Angela Merkel y el novel presidente francés Emmanuel Macron. Notable ha sido la humildad de estos grandes personajes en sus palabras y gestos durante este funeral de Estado. Clinton y González de cabezas blancas ya, dieron testimonios sentidos de la dimensión del excanciller, mentor de la unificación de Alemania y arquitecto de la ampliación de Europa. La humildad de los presentes, presidentes o expresidentes, primeros, o exprimeros ministros de las grandes potencias mundiales capturó mi atención y motivó esta pequeña reflexión.
Un elocuente Bill Clinton, expresidente de la nación más poderosa, dio la clave para entender la humildad presente que se expresó en su agradecimiento a Kohl por haberle permitido ser parte de algo más grande que él: la idea de una Europa unida y de un mundo en paz, donde la cooperación reemplace la dominación y la confrontación. Es que solo somos humildes en presencia de algo que, en nuestro fuero interno, reconocemos más grande que nosotros. Algo más grande, ante el reconocimiento de la temporalidad de la vida –todos terminaremos en un catafalco–, momento en que lo que importará será qué dejamos a nuestros hijos y nietos. Kohl deja una Alemania unificada, que se dice pronto, y una idea de Europa como la casa grande que cobije a muchos en paz. Ante la enormidad de estas ideas, hasta los más poderosos se ponen humildes.
Kohl deja una Alemania unificada, que se dice pronto, y una idea de Europa como la casa grande que cobije a muchos en paz. Ante la enormidad de estas ideas, hasta los más poderosos se ponen humildes.
En contraste, vivimos un tiempo de polarización y confrontación. La descalificación del otro es moneda corriente. La tiranía de los 140 caracteres lleva a que cada mensaje tienda a ser demoledor, tanto como su respuesta. Y así, montados en nuestros tiránicos egos y orgullos, polarizamos todo. Polarización y confrontación son la noticia diaria: en Venezuela, en riesgo de llegar a una guerra civil; en Colombia, no se termina de aceptar la paz y se refugia en actitudes de vencedor imbricadas con expresiones religiosas; en España, unos trasnochados populistas quieren borrar todo; en Turquía, un enorme ego pretende imponer un pensamiento único; en Estados Unidos, un ignorante confronta a base de tuits ofensivos y afrentosos y divide a su país. Tampoco nosotros estamos exentos de estos comportamientos: hemos hecho de la descalificación argumento y vivimos de la confrontación que enfrenta a familias, amigos, grupos.
Necesitamos de urgencia una dosis de humildad, que, como señalo, solo podrá provenir de algo más grande que nosotros. La idea, por ejemplo, de que podemos ser un pequeño gran país; una visión de un planeta sostenible y en paz al que podamos aportar; un proyecto que nos haga humildes ante la magnitud de la empresa y nos permita reconocer, que, pese a ser muy diferentes, somos humanos y hermanos; y que, con ese reconocimiento, cooperemos para construir un sueño compartido, el de un país digno de nuestros nietos. (O)










