La semana pasada, bajo ese título, se presentó en la ciudad una actividad inusual. La vieja canción que conocimos en la poderosa voz de Javier Solís o en la melodiosa de Felipe Pirela apuntaba a lo que dice de manera expresa: la fusión con un tipo de expresión musical que dio cabida a una visión del amor y de la vida. Alguien tuvo que hacernos ver que no son casuales o sin consecuencias, las elecciones musicales de una época.
Así, el maestro Joaquín Hernández, intelectual de sobrada carrera en Guayaquil, dejó sus labores académicas para adentrarse en el fenómeno popular de los cuarenta y los cincuenta en México, que popularizó tanto un tipo de melodía que ponía sobre el tapete los sentimientos, más que nada masculinos, en los que se confesaba amar hasta el desgarro, esperar infinitamente, vivir con un toque de tragedia.
Se intercalaron en medio de la voz del expositor los sones de varias piezas bolerísticas que iban saliendo en la explicación, de las manos de la poeta y concertista Sonia Manzano, quien sobre el piano derramó las notas de lo que merecía atención especial. Una dupla excelente. Un acto para la inteligencia y el solaz.
Cuando reparo en la experiencia de ser público, siempre me pregunto por los móviles de quien se siente cerca de mí y asiste a un acto, así como por el punto de vista de quien lo ofrece. ¿Qué buscamos? ¿Qué conseguimos? La cultura y su amplio abanico ponen en movimiento muchos ríos espirituales que podrían arrastrar a mayor número de asistentes. Todavía somos escasos. O depositamos demasiada confianza en el humor como resorte de atracción. Hay resultados que impresionan: salas llenas en la oferta microteatral (tal vez es mucho más fácil llenar salas de 20 personas, concentradas durante 20 minutos), volcamiento en la recepción de la Sinfónica de la ciudad, constantes presentaciones de libros (allí sí, la asistencia en imprevisible porque depende de otra clase de factores).
Lo cierto es que la queja por “no tener adónde ir” ha quedado en el pasado. La oferta cultural es amplia y variada. Todavía hay mucha actividad de entrada gratuita –como la que justifica esta columna– o de bajo precio, que hace a la cultura accesible a buena parte de la ciudad. El problema de la elección va por otro lado, va por educar la sensibilidad y la psiquis por la degustación del teatro, la música o la literatura, para que ese consumo se integre a la vida de manera tan natural como salir a conversar con los amigos.
A ratos pienso que tanta exposición a lo audiovisual ha mermado nuestra capacidad exclusivamente auditiva, que las miradas al celular en medio de cualquier reunión en la que estemos ha reducido la concentración, que una conciencia completamente fragmentada opera dentro de nuestra cabeza y nos obliga a picotear la realidad, y nos evita momentos de profundo aislamiento dentro del producto estético. La obra de arte opera momentáneamente –con momentos de duración que van de 15 minutos a tres horas– como un globo hermético y pide un volcamiento total.
Ese bolero es mío, es nuestro… cada uno lo sabe. (O)










