Como muchos, respiro con alivio al conocer que la extrema derecha populista encarnada por Marine Le Pen fue detenida por el joven Macron en una relación de dos a uno. Alivio de saber que esta batalla librada en Francia la ganó la democracia y la civilización.

Es que en estos tiempos hemos asistido a decisiones desoladoras de pueblos entendidos como avanzados. Muchos sentimos que en estas elecciones estaba en riesgo el proyecto europeo y con ello el equilibrio mundial. Hemos asistido asombrados a retrocesos provocados por nacionalismos y populismos xenófobos de tintes fascistas, que ponen en riesgo el legado histórico de una Europa unida, garante de la paz.

Hubiese sido devastador que Francia, gestora de la revolución que puso fin a la idea abusiva que la autoridad real emanaba de Dios y que luego de tantos decapitados y conflictos entre facciones, se cristalizó en una palabra poderosa: libertad, esa a la que le canta Muostaki como una perla rara que se ha de atesorar; igualdad, –ante la ley ha de entenderse– de particular aplicación a las autoridades de las más altas jerarquías, para evitar abusos; fraternidad, ese sentimiento de hermandad con el otro, base de la solidaridad, virtud de ayudarnos unos a otros para encarar las dificultades y que encarna la empatía entre diferentes. Lamentable hubiese sido, digo, que los franceses con semejante legado histórico a cuestas, sucumban ante cantos de sirena de populismos y nacionalismos primitivos y retrógrados.

Menos mal. Francia levantó barricadas, como en tantas otras revueltas por la libertad y ahora por la democracia; esa democracia sobre la que Montesquieu teorizó a partir de Locke, y nos dejó la concepción de la separación de poderes, con los controles y balances entre ellos para evitar absolutismos y despotismos. Esa Francia que produjo un Tocqueville, quien destacó el papel de los gobiernos locales como actores de una democracia tangible. Esa Francia de la Ilustración y la Enciclopedia no podía claudicar ante las fuerzas oscuras que asuelan al mundo y que ya dañaron al Reino Unido; ese que ya en el siglo XIII acotó los poderes reales mediante la Magna Carta, que creó el Parlamento para que los representantes del pueblo parlen y controlen el poder monárquico; o que hicieron que Estados Unidos sucumba ante un narcisista ignorante, mientras Putin socarronamente se ríe. La próxima batalla por la democracia será en suelos germánicos.

Es que las barricadas levantadas en Francia son defensas para todos. Que este episodio nos sirva para nuestra propia reflexión en nuestra particular circunstancia. Como dice Simón Pachano, la única idea revolucionaria en la actualidad es la de la defensa de la democracia. De una democracia real, con reglas universales, sin las distorsiones tramposas traídas por nuestras propias vertientes populistas. De una democracia que garantice derechos ciudadanos, imperio de la ley, igualdad ante ella, que deberá ser particularmente severa con quienes temporalmente detentan el poder y que defienda a los ciudadanos comunes. Democracia con alternancia y que garantice la libertad del pensamiento y su expresión; que recoja los principios de la Carta Democrática americana gestada en Riobamba. Democracia, que reconozca nuestra diversidad y que asegure nuestra unidad en esa diferencia. Nuestra propia lucha pasa por reconstruir esa democracia, entendiendo con claridad el momento histórico y nuestro lugar en el mundo. Habrá que comenzar por reconstruir los poderes, liderazgos y gobiernos locales. Gracias, Francia, por el aliento de esperanza. (O)

 

Muchos sentimos que en estas elecciones estaba en riesgo el proyecto europeo y con ello el equilibrio mundial.