Parece que a la segunda década del siglo XXI le salió el tiro por la culata. Vivimos tiempos complejos, pero lamentablemente superficiales. Los tiempos actuales viven condicionados por la inercia del pensamiento, donde la crítica se entiende más como una ofensa que como la oportunidad de visualizar defectos ocultos. Nuestros nuevos canales de comunicación y debate contemporáneos no han cumplido con nuestras expectativas. En lugar de convertirse en los espacios destinados para la discusión civilizada, se han transformado en rings virtuales, donde se persigue al que piensa diferente y se juzga de manera acelerada –y, por ende, de manera equívoca– a quienes viven bajo costumbres, creencias e ideologías diferentes a las nuestras.
Sorprende que en las redes sociales aún se discuta de manera enérgica el asesinato de un gorila, ocurrido el pasado 28 de mayo, con la intención de salvar a un niño. El humanismo es el gran ausente en el discurso de Donald Trump, quien conmueve a sus descarriados seguidores, cuando ofrece aplacar el terrorismo asesinando a los terroristas y a sus familias. En el ámbito local, el debate es simplemente inexistente. Pensar de manera diferente es motivo suficiente para desacreditar los comentarios de cualquiera. Los seguidores de la discusión ilustrada vivimos ahora jugando en la cancha como minoría, tal como lo sugiere Peter Sloterdijk en su libro Crítica de la razón cínica. El campo de acción del razonamiento ilustrado ha quedado marginado a los dominios de la filosofía cínica, que –tal como explica Sloterdijk– es el espacio marginal de la ilustración. Esto explica por qué se han dado cambios tan dramáticos en la sociedad norteamericana, donde son ahora los “comediantes”, como Trevor Noah, John Oliver y Stephen Colbert, quienes difunden cuestionamientos sensatos, al tiempo que algunos noticiarios quedan en las manos de personajes risibles y elementales como Bill O’Reilly.
Hace ya casi un mes hemos comenzado un nuevo semestre en la Universidad San Francisco de Quito. Llevo ya tres años vinculado a esta institución como profesor; y en general, tengo trece años relacionado con la cátedra universitaria. Me pareció oportuno compartir ahora esta reflexión con ustedes, no como arquitecto o como urbanista, sino desde la perspectiva de un profesor universitario.
Más allá de las enseñanzas que damos a partir de un sílabo, todos los profesores debemos estar conscientes del compromiso que tenemos con nuestros estudiantes, de rescatarlos de este mar de inercia que nos envuelve y convertirlos en ciudadanos que ejerzan libremente su derecho a la discrepancia y a la crítica.
Discutía hace poco con alguien las diferencias entre revolución y rebelión. Los tiempos que nos han tocado vivir nos han demostrado ya que –una vez desenmascarado su romanticismo– el “revolucionario” solo busca el cambio de un establishment por otro. En contraparte, el rebelde vive en un estado de cuestionamiento permanente, buscando aquellos aspectos que pueden ser mejorados.
A mis amigos colegas en la enseñanza les escribo para plantearles el siguiente desafío: más allá de formar profesionales, formemos rebeldes que estén dispuestos a señalar las cosas que están mal, y que estén dispuestos a esforzarse con sudor y sangre con tal de mejorarlas. (O)









