El score crediticio es uno de los factores que toman en cuenta las instituciones financieras a la hora de entregar créditos.

Esta puntuación se mide en una escala del 1 al 999: mientras más alta, más probable es que la persona que está pidiendo financiamiento pague sus obligaciones con la institución.

Así, este puntaje se determina a partir de los hábitos de pago de la persona durante los últimos 36 meses. Los que presentan retrasos reiterados durante ese tiempo tienen puntuaciones de 1 a 377; aquellos con atrasos ocasionales tienen calificaciones de entre 377 y 689. Quienes casi no tienen atraso oscilan entre 690 y 999 puntos, según la Asociación de Bancos Privados del Ecuador.

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La misma institución reporta que los jóvenes menores de 21 años son los que peor puntaje crediticio tienen de todos los grupos etarios del país.

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Las mujeres de ese grupo promedian 410 puntos y los hombres 416. El segundo grupo con peor calificación son las personas de 21 a 25 años.

Las mujeres de ese segmento promedian 651 puntos, mientras que los hombres tienen 636.

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El hecho de que el puntaje crediticio vaya subiendo con la edad de la persona es algo normal, según Doménica Negrete, docente de la Facultad de Administración y Negocios de la Universidad Casa Grande, pues van involucrándose más en el sistema financiero a medida que adquieren responsabilidades.

“Los jóvenes generalmente no tienen una cultura financiera: hay quienes se les da una tarjeta de crédito y sienten que no se la paga nunca, pero no, esa tarjeta sí se paga”, expresa.

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Para instaurar esa “cultura financiera” que menciona, Negrete recomienda como primer paso llevar una contabilidad básica de finanzas personales mediante un documento, idealmente formato Excel, donde se lleve cuenta de ingresos y egresos.

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Esto debe incluir una matriz de ingresos fijos, como un sueldo mensual, y de ingresos variables, como trabajos extras.

Se puede hacer lo mismo para egresos. El rubro fijo incluiría gastos de gasolina, alimentación, transporte y ocio.

“Alguien con un perfil optimista, que piensa que la tarjeta se paga sola o que con pagar lo mínimo está bien, podría no destinar un rubro al ahorro. Cuando no destinamos parte de nuestros ingresos a nuestros ahorros, recurrimos a las tarjetas de crédito, y terminamos trabajando para pagar tarjetas”.

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Sin embargo, Negrete cree que el crédito no es un enemigo, pero considera que podría convertirse en un desafío salir del endeudamiento “cuando este se hace un estilo de vida”.

Otro paso es identificar el perfil de crédito. Alguien optimista, señala la experta, es alguien que es más despreocupado de sus finanzas; el conservador, que mantiene un fondo de ahorros, y el pesimista, que tiende a guardarse su sueldo por temor a emergencias.

Luego de identificarse, otro paso es autoeducarse financieramente. Antes de acceder a una tarjeta de crédito, por ejemplo, Negrete recomienda analizar el propósito de esa tarjeta, pues su mala administración podría ser “un arma de doble filo”.

Además, si se tiene dificultad para acceder a una tarjeta, una posibilidad es ir construyendo un historial crediticio con casas comerciales, que ofrecen créditos. Esos pagos se van reflejando en el puntaje crediticio, mejorando el score. (I)