Según la base de datos Global Findex 2021, del Banco Mundial, el 78 % de los hombres ecuatorianos eran titulares de una cuenta bancaria, en contraste con un 58 % de mujeres. No obstante, según datos de la Asociación de Bancos Privados del Ecuador, son ellas las que hasta septiembre de 2023 habían accedido al 51 % de los créditos entregados, pero recibieron un monto menor al asignado o solicitado por los varones.

La inclusión de las mujeres sigue siendo un desafío para el sector financiero, considerando, además, que el 9,3 % de encuestadas en el país por el Banco Mundial dijeron tener una tarjeta de crédito, frente al 20 % de hombres consultados.

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Adicionalmente, la brecha salarial sigue siendo marcada en el país: las mujeres ganan alrededor de 20 % menos que los hombres que se desempeñan en los mismos puestos.

Según ONU mujeres, esta exclusión responde a varias razones, como la sobrerrepresentación de mujeres en sectores económicos de menor rendimiento y crecimiento, donde les pagan menos, además de empleos informales.

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También están sobrecargadas de trabajo doméstico no remunerado, restringiéndoles acceso al mercado laboral.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos, la tasa de empleo adecuado para las mujeres ecuatorianas fue de 27,2 %, frente al 40,1 % de los hombres del país.

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El 4,5 % de mujeres, además, están desempleadas, frente al 2,9 % de hombres. La falta de un ingreso estable de dinero representa un obstáculo para generar un historial crediticio y aspirar a recibir financiamiento de fuentes formales.

El acceso a créditos también es importante para la inclusión de las mujeres. Según datos de la Asociación de Bancos Privados del Ecuador, el 51 % de las personas que accedieron a créditos formales de enero a septiembre de 2023 fueron mujeres. Sin embargo, percibieron menos dinero: recibieron poco más de $ 2.900 millones de los casi $ 7.000 millones entregados entre los distintos segmentos, como los créditos productivos, de consumo, vivienda, educativos y microcréditos.

Esta cifra representa el 42,2 % del financiamiento dado. Las mujeres accedieron a más créditos educativos y microcréditos, mientras que los hombres recibieron más fondos destinados al consumo, vivienda y créditos productivos.

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Amy, quien tiene un emprendimiento de diseño y venta de zapatos y otras prendas, sacó un microcrédito en 2020 para financiar operaciones de su negocio. El proceso de pedir el financiamiento le tomó dos meses. Accedió a $ 5.000 y le pidieron un garante, lo cual considera un obstáculo para los emprendedores como ella.

“Si no me pedían un garante, me pedían que tuviera varios bienes. En ese tiempo tenía veinte y pico de años, todavía no tengo carro. Somos emprendedores, esto es de a poco”.

Se le dificultó pagar un par de cuotas, lo cual afectó su puntuación crediticia, que refleja los hábitos de pago de una persona y es uno de los parámetros usados por las instituciones financieras para determinar si se da un crédito.

Se atrasó en los pagos debido a dificultades económicas por de la pandemia de COVID-19. Su institución financiera armó un convenio de pago para los prestamistas en ese tiempo. Amy nunca se enteró de esto, a pesar de que tenía un asesor, quien nunca le avisó que existía esa posibilidad.

Eso la puso en “líneas rojas” con el banco. Decidió pagar el crédito en su totalidad luego.

“Como emprendedora, no lo volvería a hacer. No es conveniente por el interés. Pagamos bastante, entre 12 y 15 %”, recuerda. Con ese dinero financió un taller para la elaboración de sus prendas.

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A pesar de acceder a menos dinero proveniente de créditos, las mujeres, según datos de Asobanca, son mejores pagadoras, pues tienen un score crediticio promedio de 705, más alto en comparación al de los hombres, que es de 694.

Marcia, en cambio, accedió a un crédito educativo en 2014 para financiar los estudios universitarios de su hija María, en ese entonces de 17 años.

La beneficiada cursó una licenciatura en Comunicación en un centro de educación superior privado en Guayaquil.

La carrera costaba $ 18.000. Le prestaron por sobre ese monto, y así pudo pagar la educación universitaria de María. No tuvo problemas para acceder al crédito a una tasa de interés fija del 8 %. Se lo amortizaron a 15 años, en cuotas estáticas de $ 240 al mes.

Así, su banco le pagaba directamente a la universidad. Marcia resalta esta diferencia a cuando ella sacó un crédito educativo en el Instituto Ecuatoriano de Crédito Educativo y Becas. “No había una transparencia entre las dos partes, yo hubiera podido coger el cheque y destinarlo a otra cosa, pero era para mi maestría”.

El tema de los garantes también le resultó engorroso, igual que a Amy. El garante de su crédito quiso dejar de serlo, pues le quitaba cupo para acceder a otro préstamo, pero el trámite de cambiarlo, según Marcia, era demasiado complicado. “Al final le dieron el crédito a esa persona”, afirma.

Tampoco puede transferirle la deuda a su hija, quien ya está en condiciones de asumirla.

Ella, a diferencia de Amy, sí volvería a acceder a un crédito, aunque admite que sería mejor poder solventar pagos de forma independiente con el dinero que se va ganando sin acudir a préstamos.

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Las dificultades en el acceso a crédito, para Gabriela Calderón, investigadora del Instituto Cato, apuntan a un sistema financiero excluyente para la población en general, sin distinción de sexo.

Ella considera que es necesario que “haya más competitividad”, lo que volvería al país más atractivo para bancos de afuera y extranjeros que quieran traer sus ahorros. También le parece necesario acumular más ahorro en la economía, lo cual permitiría a los bancos otorgar más crédito y con menores tasas de interés.

“Una parte esencial del modelo de represión financiera y de aislamiento financiero del resto del mundo es que el Banco Central sigue controlando las tasas de interés. Al controlarlas, lo que se hace es excluir a aquellos que solo recibirían un crédito a una tasa por encima de la tasa máxima legal, efectivamente expulsándolos al mercado informal del que tanto nos quejamos, de los chulqueros”, expresa.

Calderón no cree que exista una discriminación en el sentido legal en que los hombres reciban más dinero en créditos que las mujeres, pues “por la naturaleza de las mujeres”, la maternidad, por ejemplo, interrumpe los estudios o la carrera de una mujer, afectando su perfil de crédito y su acceso a fuentes de financiamiento.

La experta postula, además, que las mujeres son mejores pagadoras que los hombres porque son más cautelosas a la hora de tomar riesgos.

“Por supuesto que hay excepciones, pero estadísticamente las mujeres son adversas al riesgo, y endeudarse no les genera confianza”, dice. (I)