Solanda tenía 5 años de edad cuando su madre murió de cáncer de seno. Ella vivía en la ruralidad del cantón Sucre, a tres horas sobre lomo de burro de la localidad de Charapotó, en la provincia de Manabí. Recuerda que su padre la llevó a vivir junto con sus cuatro hermanos al sitio rural Mancha de Caña, aún más lejano de una zona urbana.

Mi papá me dijo que solo quería ir a la escuela para buscar marido y no me dejó ir, me tenía cocinando y lavando”, dice Solanda. Así pasó su niñez y adolescencia hasta que cumplió los 18 años y se trasladó a Guayaquil con la ayuda de familiares para trabajar.

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Educación, en alerta tras evaluación

La tasa de analfabetismo es del 3,7 % del total de población de 15 años o más, según el último censo del 2022. Son tres puntos menos que en 2010 cuando el 6,8 % lo era. Si bien hay avances, los programas estatales no alcanzaron para cerrar totalmente la brecha entre personas que no poseen la destreza de los que sí.

El número de personas analfabetas pasó de 672.096 en el censo del 2010 a 472.228 en el del 2022, una disminución del 28 %. El problema se centra en las mujeres, que representan el 60 % de las personas analfabetas del país. Un poco más de la mitad (51 %) de los que están dentro de este grupo tienen 65 años o más.

Solanda pedía que le leyeran los letreros o las volantes que le daban. No sabía escribir ni su nombre. Cuando fue a tramitar su cédula, en el Registro Civil del sur de Guayaquil, pasó más de una hora practicando la firma. Una prima le había enseñado. “Lo hice feísimo, todas las letras chuecas. Por último me dijeron que si no podía, tenía que poner el dedo, pero allí lo hice sin saber bien”.

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Ya cuando era mayor de edad recién empezó la primaria. En las mañanas y tardes trabajaba como empleada doméstica y estudiaba por las noches en la Unidad Educativa Fiscal Manuela Cañizares, en el norte de Guayaquil, aunque dice que toda su vida ha sentido que no sabe totalmente leer y escribir.

“Me cuesta leer y comprender, no lo hago rápido y tengo muchas faltas ortográficas, me da vergüenza”.

El analfabetismo se redujo menos entre las mujeres frente a los hombres

El número de mujeres que no saben leer y escribir se redujo un 28 % entre 2010 y 2022, mientras que en los hombres la disminución fue del 32 %.

Al igual que Solanda en su momento, el 66 % de las personas analfabetas viven en las zonas rurales. A sus 57 años de edad, su objetivo actual es estudiar el bachillerato. “Aprendí a coser y eso me ha ayudado, pero se me dificulta multiplicar”.

En la adultez, con una hija y nieta, ha despertado en ella un interés por el conocimiento. Quiere dejar de sentirse frustrada y estancada. “El problema es que no encuentro los papeles de que terminé la primaria para continuar los estudios”.

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Solanda ahora cuida a su nieta, mientras su hija y el esposo de ella trabajan. Los fines de semana limpia y plancha en casas ajenas para ganar algo de dinero. Vive en una vivienda que alquila. Nunca pudo comprar una.

Lo máximo que llegó a ganar fue el básico cuando trabajaba como empleada doméstica. Su hija sí logró entrar a la universidad, no replicó la historia de su madre.

La historia de Solanda es un reflejo de cómo el analfabetismo limita las opciones de desarrollo económico de una persona, dice Tamara Idrovo, psicóloga y máster en Ciencias Sociales con especialidad en Sexualidad, Género y Cultura.

El hecho de que la mayor cantidad de personas analfabetas sean mujeres responde a los roles de género asignados, acota.

“Para un sector de la población las mujeres aún no son ciudadanas en el sentido del acceso a derechos. Lo normalizado para el papá (de Solanda) es que la niña no tenía que estudiar, su función era servirle a él, ella no podía trabajar a la par en los sembríos con los hombres o no podía ser capataz porque esos no son sus roles en ese imaginario. La posición en la sociedad de la mujer es la de servir, cuidar, atender, sacrificarse por los demás”, asegura.

La especialista hace una analogía con el adagio popular ‘Quien no vive para servir, no sirve para vivir’. “Muchas mujeres lo utilizan como una forma de aceptar y asumir ese rol, si no sirven a los demás, no sirven para vivir, es superfuerte la violencia simbólica detrás de esa frase, porque coarta las aspiraciones, ambiciones y el acceso a derechos”, afirma.

Cuando una persona lee y escribe, agrega Idrovo, tiene la posibilidad de aprender, cuestionar, preguntar más: “Es el camino a la superación personal, en lo más básico, pero si arrebatan ese derecho a la educación, retiran no solo la posibilidad de aprendizaje y superación, sino también de representación, de ciudadanía, de poder creer que se tiene derecho a decir no, a exigir contratos, a votar”.

Las características de una persona van marcando su futuro. Una niña de la ruralidad, indígena, pobre, sin acceso a educación tendrá menos oportunidades que el niño de clase obrera que crece en un hogar de la ciudad y asiste a la escuela, ejemplifica Idrovo.

El analfabetismo digital afecta al 8,1 % de la población

A este problema se suma ahora la falta de destrezas en el uso de computadoras y de redes sociales, lo que se conoce como analfabetismo digital, afirma Max Núñez, experto en educación y gerente de la Agencia de Innovación y Desarrollo.

El avance tecnológico es vertiginoso, por lo que se agigantan las brechas. En noviembre de 2022 surgió la innovación de inteligencia artificial (IA) ChatGPT. Desde entonces, dice Núñez, han surgido diez mil aplicaciones virtuales nuevas sobre IA. “En estas ya no solo se desarrollan textos, sino videos, imágenes, idiomas. Entonces, las brechas entre las personas se ahondan”, asegura.

El especialista esboza el escenario de un joven de la ruralidad que no accede a una educación de calidad y sin nociones básicas digitales frente a alguien que sin estudiar tecnología sí tiene la capacidad de manejar correctamente las herramientas tecnológicas. “En el marco competitivo del empleo la brecha entre los dos será gigante y las inequidades serán cada vez más grandes”.

La tasa de analfabetismo digital llega al 8,1 % de la población ecuatoriana, un porcentaje mayor porque incluye, además de los que no saben leer y escribir, a los que no tienen un celular activado y que en los últimos doce meses no han utilizado una computadora ni internet.

“La Organización de Naciones Unidas declaró que las brechas digitales aumentarán la inequidad en el mundo y las oportunidades de las personas. El mundo cambia muy rápidamente. Una persona analfabeta tiene muchas menos posibilidades de una con acceso a educación, lo mismo pasará con la tecnología”, dice Núñez.

Una muestra es que hace dos semanas salió al mercado Vision Pro de Apple, unas gafas de realidad aumentada, lo que cambiará la forma de hacer las cosas. “En el futuro ya no se necesitarán televisores o los celulares tan a la mano, porque se va a convivir con un mundo digital al mismo tiempo y eso cambia la dinámica, lo que hace diez años era impensado”.

Solanda tampoco es diestra en el manejo de redes sociales y dice que no sabe utilizar una computadora, pero sí tiene el deseo de aprender y de terminar el bachillerato. (I)