Un año ha transcurrido desde que el río Bobonaza inundó al Pueblo Originario Kichwa de Sarayaku, una comunidad establecida en medio de la selva amazónica. Cinco horas tardan en llegar las canoas, después de navegar 63 kilómetros desde el Puerto Canelos, en Puyo, capital de la provincia de Pastaza. También se puede llegar en avioneta desde el aeropuerto Río Amazonas de Shell, volando unos 40 minutos. Al mismo tiempo llegó la pandemia COVID-19.

Túpac Viteri, presidente de Sarayaku, dice que las autoridades del Estado no han hecho nada para contrarrestar los efectos de la pandemia en su territorio ni para reconstruir los daños causados por el desbordamiento del río Bobonaza hace un año.

Túpac Viteri (d), presidente de Sarayaku, durante una rueda de prensa en Puyo, sobre la presentación de una acción de protección en contra del Estado por el abandono de las autoridades en la pandemia COVID-19 y en la reparación de daños causados por la inundación del río Bobonaza.

Frente a esta situación, en una rueda de prensa efectuada el pasado 17 de marzo de 2021, en la ciudad de Puyo, Túpac Viteri presentó un pedido de acción de protección para pedir reparación al Estado por el abandono de las autoridades competentes.

Viteri dijo que han hecho un censo de afectaciones, por la inundación, a las familias en el tema de viviendas, en infraestructuras educativas, chacras, granjas, criaderos avícolas, criaderos de peces y otros programas que el pueblo administra y esa información han entregado a la Defensoría del Pueblo.

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Yajaira Curipallo, defensora del Pueblo de la Delegación Provincial de Pastaza, estuvo presente en la rueda de prensa y leyó el pedido que en su parte medular dice: “Al cumplir un año del desbordamiento del río Bobonaza y la situación de la pandemia COVID-19, el Pueblo Originario Kichwa de Sarayaku solicita una audiencia pública en el territorio de Sarayaku por la falta de atención y respuesta de las autoridades estatales”.

Después de leer el documento, dijo: “Acogemos su pedido, será ingresado al expediente y estaremos solicitando el día, hora y el lugar donde se hará el proceso de audiencia pública”, sin embargo, las autoridades de Sarayaku dicen que tiene que ser en su territorio.

SARAYAKU, Pastaza. El río Bobonaza inundó la comunidad de Sarayaku, destruyendo el puente, casas, chacras y otras construcciones. Cortesía Pueblo de Sarayaku.

Viteri dijo que no tiene el dato exacto del costo económico de los daños que provocó la inundación, pero si sabe que, a través de la gestión propia -con apoyo de sus aliados locales, nacionales e internacionales- han invertido un poco más de 150.000 dólares.

El río Bobonaza divide en dos al territorio de Sarayaku. En un lado está la pista de aterrizaje de avionetas, el centro de salud del MSP, el colegio, la escuela y las chacras, en el otro, la plaza central, el Centro de Salud del Seguro Social Campesino, la iglesia y la casa de la asamblea. Pero el puente fue destruido en marzo de 2020 y sigue hundido en el río.

Ante la falta del puente, el pueblo se ha organizado para que los estudiantes de la escuela y del colegio continúen sus clases presenciales durante la pandemia. Sarayaku no cuenta con la tecnología necesaria para las clases online. Dos canoas se asignaron a los estudiantes para cruzar el río.

Hace un año, la madrugada del 17 de marzo de 2020, la lluvia se precipitó sin contemplación sobre la selva. “Amaneció y seguía lloviendo, la gente por las radios Motorola que tenemos, empezó a decir que ha llovido fuerte por la cabecera del Bobonaza. Siempre estamos atentos sobre el caudal del río”, dijo José Santi, dirigente de Comunicación de Sarayaku.

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Sarayaku bajo el agua durante el desbordamiento del río Bobonaza. Se perdieron 30 casas, siete puentes y chacras de yuca, plátano y maíz. Cortesía Eriberto Gualinga, habitante de Sarayaku.

Hasta ese día, todavía no había casos de coronavirus, sin embargo, el Bobonaza arrancó los cimientos del puente, derrumbó 33 casas, destruyó criaderos avícolas, inundó piscinas de cachama, bocachico y tábano. Echó abajo la escuela, salas de visitas, de conferencias, de tamboreo, de baile que son parte de su cultura y arrasó con las chacras de plátano, yuca y maíz.

Ese día muchos habitantes gritaron al ver sus casas flotando sobre las aguas bravas de río. “Cuando escuchábamos los gritos corríamos a ayudar. Al final, nadie murió”, dijo José Santi.

José Gualinga, expresidente de Sarayaku, dijo que en cien años no habían visto un fenómeno tan devastador.

El río Bobonaza es la única vía de comunicación con otros pueblos vecinos y con la ciudad de Puyo. Sus aguas proporcionan buena parte de la alimentación del pueblo, sin embargo, este día se convirtió en su verdugo.

Quince días después de la inundación, cuando los habitantes de Sarayaku empezaban a restablecer sus casas, la pandemia los alcanzó. Los síntomas aparecieron y los curacas usaron su medicina para combatir el virus.

Habitantes de Sarayaku trabajan en minga para reconstruir los daños causados por el desbordamiento del río Bobonaza. Cortesía Eriberto Gualinga, nativo de Sarayaku.

Pese a que existen dos subcentros: uno del Ministerio de Salud y otro del Seguro Social Campesino, ninguno está equipado para hacer pruebas de COVID-19 y los síntomas no desaparecían.

El Consejo de Gobierno de Sarayaku gestionó y logró que, el 11 de junio, ingrese a la comunidad un equipo del Ministerio de Salud del Distrito de Pastaza. Hicieron 90 pruebas rápidas y 3 PCR. 25 casos dieron positivo.

El 16 de junio Sarayaku lloró a su primera víctima mortal del coronavirus, Marco Fidel Santi Gualinga, de 81 años, perdió la batalla.

Funeral de Marco Fidel Santi Gualinga, de 81 años, primera víctima mortal de la pandemia COVID-19, en el Pueblo Originario Kichwa de Sarayaku. Cortesía Marlon Santi.

Las medidas que habían tomado hasta entonces, no fueron suficientes, entonces decidieron medidas más radicales.

Eriberto Gualinga, nativo y cineasta de Sarayaku, dijo: “Vamos a intentar matar el virus con la disciplina. Se suspenden las mingas y aglomeraciones. Vamos a quedarnos 30 días en casa con la libertad de salir a la chacra por comida. No podemos pintarnos, ni tomar chicha en la misma mocawa o cuenco”.

Para combatir la pandemia, Sarayaku lideró la organización de siete comunidades que habitan en las riberas del río para recolectar plantas medicinales y desde un centro de acopio subministrar pócimas a la gente que sufre los embates de la enfermedad. Organizaron siete grupos, uno por cada comunidad.

Sarayaku organizó a las siete comunidades cercanas para buscar plantas medicinales para enfrentar la pandemia COVID-19. Uno de los grupos consiguió 15 variedades entre plantas, cortezas, lianas y raíces. Cortesía Eriberto Gualinga, nativo y cineasta de Sarayaku.

El Grupo Kushillu, de Sarayaku, estuvo conformado por tres botánicos ancestrales, dos estudiantes del colegio, tres encargados de documentar la expedición y un motorista. La madrugada del 23 de junio, este grupo navegó 4 horas río abajo por el Bobonaza, luego una hora aguas arriba por el afluente Rotuno con la única misión de recolectar plantas medicinales. En el ocaso del 25 de junio retornó el grupo con 15 variedades, entre plantas, lianas, cortezas y raíces. Las más importantes: Vaca Marina, Sacha Ajo, Challu Kaspi, Runa Kaspi, Indi Kaspi y Amaru Kaspi.

La gente del pueblo, con la asistencia de los médicos ancestrales y la medicina natural, propia de su territorio, sobrevivió a los embates de la pandemia.

La fuerza de sus habitantes materializada en mingas, logró la reconstrucción de todas las casas y otras estructuras caídas.

En Sarayaku -de acuerdo con el último censo interno- viven 380 familias, 1.380 habitantes. De ellos, 900 se han contagiado y 5 han fallecido con síntomas de coronavirus (I).