Monseñor Luis Cabrera, arzobispo de Guayaquil y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana (CEE), hace un recuento detallado del proceso de diálogo entre el Gobierno y el movimiento indígena que se inició para dar fin a las protestas por la eliminación de los subsidios a los combustibles ocurridas del 3 al 13 de octubre pasado. Ahora, insiste el sacerdote, lo más importante es trabajar en una “reconciliación nacional”.

¿Cómo se involucró la Conferencia como mediadora?

Partimos de una invitación que tanto el Gobierno como los pueblos y nacionalidades indígenas nos hicieron; primero fueron conversaciones informales y luego lo hicieron a través de escritos en los que pidieron que la Conferencia y la ONU formáramos parte de estas mesas como mediadores. Actuamos antes, durante y después de las protestas. Entramos en escena el 7 de octubre cuando en un comunicado les pedimos a las partes trabajar por la paz a través del diálogo y ratificamos nuestro compromiso a colaborar en este proceso. El 9 de octubre, de una manera oficial, la Conaie de Cotopaxi nos envió la invitación y el 10 de octubre, el Gobierno. A partir de ahí realizamos un trabajo discreto, tras bastidores, porque teníamos que llamar a unos y a otros, definir temas secundarios pero importantes, como lugar de la reunión, hora, temas, metodología, ese trabajo fue la primera parte. La mediación la llevaba la ONU por su experiencia en solución de conflictos. Como Conferencia nos pusimos en contacto con las partes para invitarlos, primero, a bajar las tensiones, el espíritu combativo y beligerante; a desarmar el corazón de miedos, sospechas, resentimiento; y luego, invitarlos a que se sienten a conversar.

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¿Y en qué momento, según usted, bajaron los ánimos? Porque hasta el 12 de octubre, que fue el día de mayor violencia en Quito, el presidente Lenín Moreno incluso decretó un toque de queda.

Un momento clave fueron esos quince minutos de pausa que se convirtieron en dos horas (en la reunión del 13 de octubre)... Fue la primera vez que todos nos miramos directamente... En el momento en que se estrecharon las manos, se preguntaron sus nombres, de dónde eran, ver que éramos capaces de sonreír, hubo una relación más humana...

Pero eso no se notó...

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Sí, en sus discursos se notaba que todos estaban cargados de emotividad, que parecía que nadie iba a ceder... Y yo celebro y felicito que se haya transmitido en vivo, pues eso de alguna manera los comprometió a llegar a acuerdos, pues toda una nación estaba pendiente. Al crearse un ambiente de confianza esto permitió llegar al acuerdo, que tenía dos partes: derogar el Decreto 883 y elaborar otro.

Parece que no estuvo muy claro el acuerdo; los indígenas pidieron que primero se derogara el decreto y que luego saliera el otro, pero el Gobierno quería uno solo con las dos cosas.

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Fue un malentendido, un tema semántico.

¿Pero quién tenía la razón?

Hubo confusión, por ejemplo, en el concepto de derogatoria. Unos querían poner que “queda insubsistente”, otros que “queda sin efecto”. La palabra derogatoria, de tanto usarla, se volvía bandera, para unos de triunfo o de derrota, y no se quería que parezca eso, sino que fue una decisión sensata, que beneficiaría a todos. La otra discusión era si primero había que elaborar un decreto para que desaparezca el otro o no; era una cuestión de entendimiento, pero cuando se explicaron las cosas de manera serena las partes estuvieron de acuerdo. Tanto es así que terminando la transmisión los grupos quedaron ahí para redactar el nuevo decreto.

Pero luego circuló un audio en el que parecía que esto no se había entendido; el Gobierno quería dejar listo esa misma noche el decreto, los indígenas no.

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Sobre la palestra estaban medidas económicas, tributarias, laborales, subsidios, eran temas técnicos que les competían a los expertos. De ahí se entiende que se dijo que eso debía continuar en otra sesión...

Yo entiendo que el Gobierno no quería que exista un bache entre la vigencia de uno y otro, para no dejar de seguir recibiendo ingresos por la eliminación de los subsidios.

El acuerdo era claro: “Queda sin efecto el Decreto 883 y se procede de manera inmediata en la elaboración de un nuevo decreto que permita una política de subsidios con un enfoque integral que precautele que estos no se destinen al beneficio a personas de mayores recursos y a los contrabandistas con criterios de racionalización, focalización y sectorización”.

¿El Gobierno quizás quiso engañar a los indígenas?

No, para nada... Ahora, el miércoles 16 de octubre la ONU y la Conferencia convocaron a las partes a una reunión para centrarse en el segundo punto, asistieron los delegados de la Conaie, la Feine y la Fenocin, y del Gobierno. Cuando se iba a iniciar, los grupos dijeron que ese tema económico lo tratarían, pero que antes había que resolver otros puntos, concretamente la liberación de los detenidos. Por eso suspendió la reunión, para que en la siguiente estuvieran las autoridades competentes. Como el 16 de octubre no fue posible continuar la reunión, convocamos a otra para el jueves 17; invitamos a otras instituciones como veedores, entre ellas la Defensoría del Pueblo, el CNE, la Asamblea, el Consejo de Participación; y asistieron representantes de la Feine, la Fenocin y el Gobierno. La Conaie no asistió. Ahí nosotros ya concluimos nuestra actividad como mediadores. En el informe que presentamos el 22 de octubre decimos que aplaudimos que el Gobierno se haya abierto al diálogo a otros sectores porque se dieron cuenta de que los indígenas no son los únicos interlocutores. Decimos que el sistema de Naciones Unidas queda a disposición de las partes y que como Conferencia Episcopal vamos a concentrarnos en una gran reconciliación nacional.

Los indígenas empezaron pidiendo la eliminación del Decreto 883, luego la renuncia de ministros y la liberación de detenidos, y terminaron entregando un modelo económico. ¿Cree que hubo apertura al diálogo cuando las exigencias van en aumento?

Los diálogos se dan si las partes están de acuerdo. Luego vi por la prensa que la Conaie convocó a una asamblea y se elaboraron nuevas propuestas de modelo económico que incluyen otros temas (el Parlamento de los Pueblos  entregó el documento a la ONU y la Conferencia Episcopal el pasado jueves).

¿Cómo ve usted que se hayan desentendido de armar el decreto con el Gobierno?

La derogatoria fue su primer objetivo, pero cuando se plantea la segunda parte creo que se dieron cuenta de que se trata de un tema más complejo que el de los combustibles.

¿Entonces la Conaie no cumplió el acuerdo?

Yo interpretaría que al ver que es un tema que exige replantear otros, más vieron que no era tan fácil.

¿El diálogo está roto?

Está suspendido, esa sería la palabra más exacta. Ellos tienen una responsabilidad ante el pueblo y de eso tienen que dar cuentas.

¿Cómo evalúa la actuación del Gobierno?

Creo que haber tomado la decisión de derogar el Decreto 883 fue fundamental, pero a la vez se dio cuenta de que la llamada socialización debió darse antes de emitirlo y que era necesario abrir espacios para dialogar.

Se supone que el Gobierno estaba ya en un proceso de diálogo que se impulsaba desde la Vicepresidencia...

Lo que he escuchado es que a veces, no voy a generalizar, algunos funcionarios se limitaron a escuchar a grupos o personas que tienen simpatías hacia sus políticas y quedaron fuera los de la oposición, por hablar solo con los amigos, con los que le aplauden, no tiene sentido, tenía que haber comenzado con los que están en desacuerdo.

Suele pasar que los que se oponen no hacen propuestas.

Por eso es que cuando se planteó el diálogo hablamos de tres condiciones: la confianza, la transparencia y negociar con propuestas.

¿Cree que puede generarse otra protesta?

La negociación política debe continuar, pero como dije, apuntamos a que haya una reconciliación nacional porque ha quedado un pueblo fragmentado, enfrentado, herido... En este ambiente resurgieron los “ismos” que pensábamos que estaban enterrados: el regionalismo, el racismo... Ahora tenemos que trabajar en varios temas, principalmente en el trabajo, si no hay fuentes de empleo hay un ambiente propicio para el malestar social y la violencia puede resurgir. Si el Gobierno y todos los que puedan generar trabajo no hacen nada, esto puede estallar. Es importante recalcar, no sé si es un elemento cultural, que querer tener un pueblo de mendigos, de pordioseros, que solo reciben subsidios o bonos, no tiene futuro. Hay otros temas de carácter ético y espiritual, como saber pedir perdón, amarnos como ecuatorianos...

Y en esa reconciliación, ¿qué papel podría cumplir la Iglesia?

Vamos a trabajar desde la segunda semana de noviembre en varias iniciativas, por ejemplo, sembrar el árbol de la reconciliación que represente las diferentes culturas y etnias... y como frutos la paz, la justicia... Podríamos empezar en nuestras parroquias, escuelas, barrios.

Pero la pelea no está en los barrios sino entre Gobierno y la Conaie.

Pero para que se den cuenta de que el pueblo ecuatoriano va por otros lados, que no quiere violencia o enfrentamientos; y que esos señores, si nos representan, tienen que asumir nuestros valores.

A propósito de representación, ¿qué piensa de que la dirigencia indígena diga que representan a todo el pueblo y que hayan hablado incluso de formar un partido político? ¿La movilización fue una plataforma preelectoral?

Cuando los ánimos están caldeados, como que la razón y la inteligencia disminuyen, entonces dijeron que son representantes de todo el país, o que son el pueblo, y no lo son, representan a una parte. Hay que tener la proporcionalidad de las cosas.

Si finalmente el Gobierno derogó el decreto, pudo hacerlo en el día 5 y no en el 10. ¿Fue un error mantenerse en esa postura de no ceder?

El presidente tiene sus asesores económicos, de pronto pensaron que era la mejor medida pero no vieron los impactos políticos de esa decisión.

¿Cree que hubo un intento de golpe de Estado?

No me atrevo a afirmarlo, pero a río revuelto todos quieren pescar. Lo que me sorprendió es que no solo hubo indígenas, sino otros grupos que entraban a saquear, destruir. Quizás fue una explosión de todo ese malestar social represado en el corazón. (I)