Si digo sopa de caracol, es probable que buena parte de los lectores de esta columna tarareen una canción. Una melodía noventera, pegajosa, cantada en garífuna, lengua nativa de una etnia afrodescendiente de Honduras, que convirtió un plato tradicional en un hito de la cultura pop latinoamericana: Watanegui (quiero tomar) consup (sopa de concha). No sabía entonces que, años después, estaría frente al mar Caribe, esperando ese plato en una isla de la Bahía hondureña.
Roatán, durante la época de influencia británica en el Caribe, fue un territorio tan apartado del continente que allí se enviaba a quienes resultaban incómodos para el poder colonial. El corsario Henry Morgan tuvo vínculos con la zona, y la isla también fue escenario de desplazamientos forzados que afectaron a comunidades afrodescendientes como la garífuna. Hoy, Roatán es una potencia turística que recibe supercruceros con miles de pasajeros, atendidos por los descendientes bilingües de aquellos grupos históricamente marginados.
Roatán, un pueblo colorido
West End tiene un malecón vivo, con restaurantes que sirven mariscos locales, baleadas, pupusas y pesca fresca, bares para tomarse un coctel o una cerveza Salva Vidas, y pequeños muelles desde donde salen taxis acuáticos que conectan distintos puntos de la isla, hogar de casi 80.000 habitantes.
Cuando digo colorido también me refiero al humor local, como llamar a las tiendas “pulperías”, porque aquí quien atiende, despacha y cobra… es un pulpo.
Las fachadas mezclan rosa, amarillo patito, celeste y verde. En esta isla, de falta de color no se van a morir. Me asombró que todos los letreros estuvieran en inglés: restaurantes, tiendas y hasta iglesias. El idioma no responde únicamente al turismo, sino a que gran parte de la población habla el inglés criollo como lengua materna. El español llegó después, con la migración desde tierra firme.
La sopa que canta
Apenas llegué al Kimpton Grand Roatán Resort & Spa, fui directo al mar y, en la playa, encontré el Seacat. Allí estaba, en la carta, la sopa de caracol. Fue lo primero que probé en tierra hondureña. Cremosa, con base de coco y yuca; caracoles cortados en tiras, camarones rosados, pesca blanca, hojuelas de plátano verde, chillangua y, al costado, un cuenco de arroz blanco. El coco, leche vegetal antes de que el término existiera, es la base de muchas cocinas afrodescendientes.
Me advirtieron que el plato era enorme y que no pasaba nada si no me lo terminaba. Me lo tomé todo. La mezcla era reconfortante: dulzor suave, salinidad marina, textura sedosa. What a very good soup! Los caracoles tienen un término difícil de acertar y estos estaban perfectos. Hubiera tomado la sopa todos los días, pero el menú del Kimpton tenía más sorpresas.
En Alera, pana en la jerga hondureña, probé una versión contemporánea del plato: ravioles frescos hechos a mano sobre un fondo inspirado en la sopa de caracol, creación del chef Guido Ojeda. De día, uno de los mejores bufetes de desayuno que recuerdo; de noche, las luces bajan y hay un despliegue interminable de pesca local, presentada en crudos madurados, rellenos o ensalsados, con un maridaje impecable. La pesca es provista por familias con tres generaciones dedicadas a este oficio. Casual fine dining con identidad local.
Destino de relax
El agua en Roatán es calma. La arena, blanca. El mar, transparente. El segundo arrecife de coral más grande del mundo rodea la isla y la convierte en un santuario natural para el buceo y el snorkelling. Incluso sin sumergirse del todo, los peces aparecen: cardúmenes que rodean las piernas, miradas cruzadas con un wahoo lo suficientemente cerca como para mantenerte alerta. Permanecer quieto y respetar el ecosistema es otro de los lenguajes de la isla.
Esa sensación de paz también la recibes en el Kao Kamasa Spa, reconocido por Condé Nast Traveler como uno de los mejores spas del mundo. Su nombre proviene del idioma Pesh, de un pueblo indígena casi extinguido, y su filosofía integra ingredientes locales en los tratamientos, prácticas ancestrales y una conexión espiritual con la tierra y el mar. Un detalle pop completa la escena: entré a las cabinas donde se atendieron las parejas de la octava temporada de Love is Blind. Luego del tratamiento, la piscina infinita con vista al arrecife.
Me gustan los lugares donde parece que todos se conocen. Roatán se siente así: gente atenta, relajada, orgullosa de su herencia. Viajar, al final, también es esto: aceptar la ignorancia como punto de partida. Recordar que siempre hay algo, una sopa, una palabra, una isla que nos deja saber que todavía tenemos mucho que aprender. (O)