Es lo que significa el nombre de la legendaria nación. Vestigio de la unificación de China emprendida por el reino Qin que conquistó progresivamente a seis de sus vecinos, creando su núcleo territorial hacia el siglo III a. C. El primer emperador Shi Huang dejaría como legado la fabulosa Gran Muralla de 2.400 km, construida según el modelo de Babilonia, a fin de contener las invasiones bárbaras del norte, y el soberbio mausoleo de su ejército guerrero de terracota. Sería el inicio de sucesión de una docena de dinastías, durante dos milenios, desde los Han hasta los Manchúes, cuyo derrocamiento significaría el fin de la civilización imperial en 1911.

A partir de este comienzo irían agregando extensas regiones de Mongolia, Manchuria, Corea, Indochina, Tíbet y Turquestán que configuraría este gigante asiático con sus fronteras naturales: Siberia al norte; los Himalayas al sur; los mares Amarillo y chinos septentrional y meridional al este; y el desierto de Gobi al oeste. En semejante vastedad forjaría un espacio de aislamiento que serviría para preservar su identidad, siendo al presente la cultura viva más antigua de la humanidad.

Dos filósofos, Lao-Tse y Confucio, que vivieron a generación seguida hacia el siglo VI a. C, dejaron una profunda huella en el pensamiento chino. El primero predicó el Tao o “camino” que aconseja una vida modesta, de retiro y contemplación de la naturaleza como medio para alcanzar la sabiduría. El segundo, más pragmático, se enfocó en el concepto de que la formación de buenos ciudadanos mediante la obediencia de hijos a padre y esposa a marido era clave para garantizar un inmejorable gobierno cuya condición primordial era, a la vez, la sinceridad; enfatizando que el gobernante debía ser una eminencia en modelo de conducta para proyectar su ejemplo al pueblo.

Ambas visiones se interpusieron para dar lugar a una filosofía humanística no teológica, donde el culto a los antepasados, a un orden celestial difuso, se combinaba con la veneración a los grandes hombres, emperadores o sabios. El budismo, la primera religión extranjera en penetrar China hacia el siglo I d. C, afianzaría esta acendrada espiritualidad libre de dogmas, un hábito de tolerancia que evitaría las guerras por profesión de fe. De este modo, un chino ordinario podía ser animista, taoísta, confuciano y budista, a la vez.

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Muralla china. Foto: Shutterstock

El criterio compartido es que todas las creencias pueden reducirse a la oposición y unión de los dos factores básicos del universo: los principios femenino y masculino del ying y yang, manteniéndose ajenos a la metafísica con el espíritu positivo y práctico de su filosofía.

Durante la ilustración europea del siglo XVIII, Voltaire, el gurú francés, promovió el descubrimiento intelectual de China ponderando la antigüedad de sus leyes, costumbres, lenguaje y hasta el hábito de vestir, que atribuía a un código moral estable y fuerte que, a su juicio, mantenía el orden y disciplina necesarios para evitar las vicisitudes del inestable Estado.

En verdad se trataba de un mero redescubrimiento toda vez que hacia el año 1300 había circulado profusamente las memorias del comerciante veneciano Marco Polo, dando cuenta de su viaje de 26 años a la remota Catay (China), donde había sido funcionario del emperador mongol Kublai Khan, que desplazaría su palacio de la mítica Xanadú a la nueva capital de Pekín, una ciudad de lujo deslumbrante. Además, la Ruta de la Seda que unía Lejano Oriente con puertos del Mediterráneo y mar Negro trayendo seda, té, porcelana, papel, melocotones, albaricoques, pólvora y naipes, y llevando alfalfa, vidrio, zanahorias, maní, tabaco y opio, era conocida desde inicios del imperio romano que coincidió con la era cristiana.

El cultivo de la seda en Europa fue introducido por monjes nestorianos venidos a Constantinopla desde China en el siglo VI d. C. para su difusión posterior en Sicilia e Inglaterra.

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Un artista pinta tal como lo hicieran sus antepasados chinos. Foto: Shutterstock

La transición de la Europa medieval al Renacimiento se dio merced al influjo de inventos provenientes del Reino del Medio: la brújula que sirvió a la navegación de altura; la pólvora usada en la cohetería china que los árabes le dieron uso militar por primera vez; y la imprenta que partió de sellos burocráticos imperiales transformados en linotipos móviles. Cuando Polo relató que en este lejano país se utilizaba papel moneda lo tildaron de “Marco Millones” a manera de burla; con mucha tardanza su uso recién empezaría en 1645.

El lenguaje

Difiere de los del resto del mundo. No tiene alfabeto, ni deletreo, ni gramática, ni partes de la oración. Cada una de sus palabras puede ser nombre, verbo, adjetivo o adverbio, según el tono y el contexto. Como solo hay entre cuatrocientos a ochocientos sonidos verbales o vocablos, que deben emplearse para expresar los 40.000 caracteres de su escritura, cada uno posee de cuatro a nueve “tonos”, que dependen de cómo es cantado a más de su ademán y contexto. Tal es así que el vocablo I puede significar 69 cosas; shi, 59; y ku, 29. “Ningún otro lenguaje ha sido a la vez, tan complejo, tan sutil, y tan breve,” advierte Will Durant en obra La civilización de extremo oriente”.

El chino medio puede manejarse con tres o cuatro mil signos, aunque el aprendizaje del total exige una aplicación de décadas. La ventaja manifiesta de tal lengua, que no expresa sonidos sino ideas, es que puede ser leída por coreanos y japoneses, tan fácil como los chinos, dotando a Lejano Oriente de una forma escrita internacional.

Las clases educadas exhibían las uñas largas, tal como las mujeres occidentales llevaban el tacón alto: para evidenciar su exención de trabajo físico. Eruditos, maestros y funcionarios eran la clase más elevada, seguida por los campesinos (se honraba a quien cultivaba la tierra principal fuente de riqueza), luego los artesanos y de último los mercaderes, a quienes se desdeñaba por sacar provecho del trabajo ajeno.

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Texto caligráfico antiguo chino sobre papel beige. Foto: Shutterstock

Las bellas artes chinas estuvieron sujetas a cánones antagónicos respecto a sus semejantes occidentales. La pintura se estampaba en rollos o pantallas con escenas de la naturaleza donde no tenía cabida la perspectiva o la sombra. La visión no era a nivel sino de arriba abajo. El cuerpo humano no era admirado como objeto cautivador, prefiriendo representar a animales antes que filósofos o santos. La cerámica complacería sus almas prácticas y estéticas combinando el uso con la belleza, siendo la porcelana la expresión más perfecta de esta rama de la escultura. Al ser introducida a Europa sería bautizada así porque sus formas redondeadas semejaban el trasero de una porcella o cerdita.

Respecto a las formas literarias, la historia ha sido tradicionalmente la de mayor reconocimiento y aceptación popular.

Las dos guerras del opio del siglo XIX contra Inglaterra y sus aliados occidentales, obligaron a China a la apertura de sus puertos al comercio internacional, dando lugar a un periodo de decadencia, afectado por el colonialismo e imperialismo, que desembocó en una revolución republicano/ nacionalista que originó un periodo de inestabilidad política, agravado por la invasión japonesa y la Segunda Guerra Mundial, que, al cabo de una prolongada contienda civil, condujo al poder, en 1949, a los comunistas de Mao Tse-Tung.