Por Rodolfo Pérez Pimentel *

Este prestigioso investigador histórico-político nació en la parroquia Pedro J. Montero (mejor conocida como Boliche), cantón Yaguachi (Guayas), el 10 de mayo de 1922, hace casi un siglo. Por su labor como editor y publicista de obras clásicas ecuatorianas le fue conferido el doctorado honoris causa por la Universidad de Guayaquil. Suyas son las colecciones Universidad de Guayaquil, Movimiento Obrero y Mujeres Ecuatorianas, que suman un total de casi doscientos volúmenes. Con su muerte finalizó la edad de oro del partido comunista ecuatoriano.

Se ha formado un comité en la universidad para solicitar un busto y la reedición de sus principales obras. Una escuela y una calle de la Alborada llevan su ilustre nombre.

Juventud

El paso de su familia Muñoz, rama de Azogues, a la Costa ecuatoriana significó para su padre, don Macario Muñoz Cordero, sobrino del hermano Miguel, un acontecimiento crucial en la vida. Dueño del latifundio El Capricho, de 9.000 cuadras, en la parroquia Pedro J. Montero, cantón Milagro, de la hacienda Flor del Bosque en Cañar y de una casa en Capitán Nájera y Chile, con el ciudadano C. L. Chester, pionero de las exportaciones de banano en el Ecuador, sembró dos mil hectáreas para entregar quince mil racimos semanales a la Standard Fruit.

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Al efecto, debía construir un camino para colocar la fruta en Taura, por donde pasaba la línea férrea. El contrato se firmó el 14 de noviembre de 1929, Muñoz Cordero recibió quinientos mil sucres para los trabajos, pero fue asesinado meses más tarde en la hacienda y Chester se volvió a su país, con endoso previo del documento a la Standard, que embargó y se apropió de las tierras.

El joven Elías, huérfano de corta edad, desenvolvió sus primeros años entre la hacienda y el domicilio de familiares en la Sierra, tomando clima. La casa familiar fue finalmente vendida, pues estaba hipotecada. Y como siempre fue un buen estudiante de matemáticas, terminaba sus deberes rápidamente y comenzaba a leer historias para no aburrirse. En el Cristóbal Colón cursó hasta el cuarto año y pasó al Vicente, porque era gratuito. Durante las tardes ayudaba a su madre en un depósito de venta de madera, pero la crisis económica nacional se tornó gravísima. Eran los años treinta.

Destacaba en todo. El 38 ganó una beca para estudiar química en Chile, pero prefirió seguir en Guayaquil ayudando a su madre. Al año siguiente el cónsul ecuatoriano en Burgos le ofreció llevarlo de secretario a España, rehusando igualmente. Mientras tanto formaba filas con sus compañeros vicentinos Manuel J. Real y Eduardo Borja Illescas y triunfó en los dos concursos de ese año: el de la semana estudiantil y el del centenario de fundación del plantel.

Su profesor de Filosofía, Gumercindo Yepes Batallas, declaró que nunca había tenido un alumno tan brillante en su materia. El 42 fue bachiller, realizó la conscripción y patrulló las calles la noche del terremoto del 13 de mayo, ayudando a rescatar a varios heridos que se hallaban entre los escombros. El 43 ingresó a Jurisprudencia y durante sus estudios ganó por tres ocasiones el premio de la Filantrópica. El 44 fue contratado en el Banco Nacional de Fomento, donde realizó una brillantísima carrera durante la gerencia del Dr. Alfredo Baquerizo Moreno.

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Investigador histórico Elías Muñoz Vicuña (1922-1997). Foto: cortesía. Foto: El Universo

Comienza a publicar

Desde 1946 figuraba en las filas del Partido Comunista, ayudaba en los sindicatos, colaboraba en diversos órganos de opinión, contrajo matrimonio, comenzó su familia y las pocas horas libres que le quedaban las dedicaba a la preparación de las Obras escogidas de Eloy Alfaro, editadas por el partido en dos volúmenes, de 752 y 401 páginas, iniciándose como el publicista que solo aspiraba a servir al pueblo.

Al ocurrir el ascenso de los militares en julio del 63 fue allanado su domicilio y, como no lo encontraron, los pesquisas se sustrajeron sus libros y manuscritos, perdiéndose gran cantidad de notas personales tomadas durante quince años de visitas a las bibliotecas públicas y privadas de la ciudad; y como los jerarcas del partido se encontraban presos, asumió desde la clandestinidad la oposición a la dictadura. Fueron dos años y ocho meses de privaciones de toda clase, que logró sobrellevar con dignidad, sin poder mantener a los suyos, que pasaron agudísimos problemas económicos.

Reinstalado en su oficina, rehízo sus artículos y el 68 apareció Lecturas ecuatorianas, en 686 págs. Y el 70 recibió la máxima condecoración rusa, la Medalla de Honor de Lenin, que pocas veces se ha entregado en Latinoamérica.

Desde entonces, en su altísima calidad de maestro indiscutible, inició la publicación de la primera de sus colecciones, que denominó Biblioteca Ecuatoriana, proyecto editorial grandioso que le situó en la cúspide de la cultura nacional, al tiempo que menudeaban sus obras, todas ellas eruditas y notables, como Los generales no corren, El Ecuador es un país clásico, De la primera a la segunda independencia, Historia del movimiento obrero del Ecuador, El 15 de noviembre de 1922. Su nombre adquirió características nacionales. La Universidad de Guayaquil se colocó al nivel de las grandes universidades de Latinoamérica, pues siguieron otras tres colecciones denominadas Universidad de Guayaquil, Movimiento Obrero y Mujeres Ecuatorianas.

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La Casa de la Cultura le recibió en su seno y la Universidad de Guayaquil le entregó en febrero del 90 el doctorado honoris causa, en solemnísima ceremonia, pues dicha distinción solo se ha conferido en ocho oportunidades desde su fundación en 1883.

El accidente final

Se encontraba trabajando las nuevas publicaciones de sus tres colecciones de libros cuando falleció su esposa; se deprimió, pero su hija Olga tomó las riendas del hogar. Los fines de semana le caían de visita sus nietecitos, a los que adoraba. Adquirió una computadora, pensaba escribir la saga familiar de su padre. Y el martes 4 de febrero del 97, al salir de la ciudadela universitaria con dos alumnas, un automóvil atropelló a dos ciclistas que iban en contravía, que fueron lanzados sobre el viejo maestro, quien resbaló y cayó sobre una de las alumnas. No pudo levantarse. Al ser llevado al hospital, se comprobó que tenía rota la cabeza del fémur y, aunque fue intervenido quirúrgicamente, en el posoperatorio se desesperó, le dieron varios infartos y falleció a las cuatro y media de la mañana del lunes de carnaval, 10 de febrero de ese año, teniendo él setenta y cuatro años de edad.

La prensa del país se hizo eco del suceso, había muerto el viejo maestro. Guillermo Arosemena escribió: “Fue socialista a pesar de haber nacido en una familia acomodada. Fue un hombre bueno, preocupado de las injusticias sociales, solía invertir buena parte de sus sueldos en adquirir libros hasta llegar a formar una biblioteca muy valiosa de obras ecuatorianas. Genuino y generoso amigo, pudiendo haber sido rico, pues las oportunidades se le presentaron en algunas ocasiones, prefirió la lectura al dinero. Largas horas pasábamos entre sus libros. Frecuentemente me llamaba para hacerme conocer que había ubicado tal o cual obra que andaba buscando”.

Al morir estaba trabajando en algunas publicaciones, una de ellas es la Historia de la Universidad de Guayaquil, donde dedicó varias décadas a las cátedras. Editó numerosas obras de Eloy Alfaro, Vicente Rocafuerte, Benigno Malo, Pedro Carbo, etc. Recopiló artículos de Víctor Emilio Estrada, Emilio Arévalo, Marieta de Veintemilla, etc. Siempre sereno, ecuánime, nunca le vi inmutarse y peor perder la compostura, por eso su fama de perfecto caballero, a la par de generoso maestro que no escatimaba el consejo sabio y oportuno ni tampoco sus conocimientos históricos, que siempre tuvieron la excelencia de lo profundo.

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Su sepelio fue solemne por tratarse del ilustre publicista que todo lo sabía. El público estaba sobrecogido de pesar, sus alumnos se sentían desolados. Había concluido una vida útil en el difícil campo de la investigación y difusión de los valores de nuestra nacionalidad ecuatoriana. (I)

* Ganador del Premio Nacional de Cultura Eugenio Espejo 2005, categoría literatura.