Es irónico que estas dos palabras puedan existir en la misma frase, ya que, al casarse, los novios prometen hacer de las dos vidas una sola. Sin embargo, se ha encontrado que, en una de cada tres parejas, uno o ambos de sus miembros experimentan una dolorosa sensación de soledad.

Es más aguda después de los 45 años, y afecta un poco más a las mujeres. Es una sensación subjetiva, a menudo no detectada socialmente (a veces ni por su pareja) hasta que el daño, ya arraigado, se manifiesta en la actitud y en el comportamiento de la persona afectada.

Este daño no sucede de un momento a otro, más bien se presenta como una gradual desconexión en la interacción conyugal, la percepción de no recibir la suficiente atención, no solamente en el trato diario, sino también en la intimidad; la sensación de tener una vida monótona y poco afectuosa, más centrada en el trabajo o los hijos (cuando estos crecen realmente se descubre el vacío que ya existía entre los padres).

Puede ser que existan muchas diferencias o vulnerabilidades que no se solucionan por la falta de empatía del uno hacia el otro, muchas veces por no considerarlo de importancia. Especialmente susceptibles son aquellas personas con una tendencia genética al sentimiento de soledad y depresión.

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Con el paso del tiempo se dejan de compartir las rutinas diarias, se olvidan las fechas especiales, se pierde la delicadeza. Puede también surgir por abuso psicológico o físico, lo que produce un distanciamiento por temor (y habría que considerar el divorcio si inmediatamente no se buscan soluciones claras). Curiosamente, muchas parejas que sufren de soledad son muy activas socialmente (el dolor se lo siente al regresar a casa).

La principal herramienta para evitar o superar los sentimientos de soledad es la comunicación, expresar sus necesidades, tratar de “ponerse en los zapatos del otro” cuando surja una discrepancia, siempre queriendo encontrar soluciones.

La otra herramienta fundamental es la solidaridad, nacida del amor, base del consuelo y apoyo al ser querido en su momento más triste. La felicidad de la relación conyugal exige un continuo monitoreo del estado emotivo de cada uno. Es la base del mantenimiento integral del matrimonio. En muchos casos hay que considerar buscar ayuda profesional. (O)