Desde niños, nuestra vida se desliza de acuerdo con nuestros gustos en intenciones primordiales. En el hogar, en la escuela, con nuestros amigos, se van delineando uno o a veces varios senderos que durante el desarrollo a la adultez muchas veces abandonamos por situaciones de toda índole.

Cuando hablo de gustos, el asunto suena superficial, pero nuestras motivaciones comienzan un poco así: en la más temprana edad ya podemos detectar lo que serán los objetivos que guiarán nuestros pasos. The New York Times trae un enfoque más adulto en su reportaje. Para mí, el tema nos invita a siempre recordar que el trabajo, las actividades diarias y hasta hogareñas (que ahora se mezclan) deben tener fronteras, líneas invisibles muchas veces, que nos permitan una base sólida para concentrarnos en lo que es lo vital en nuestra existencia, lo que mueve esa adrenalina particular ligada a responsabilidades e intereses.

El desgano que podemos sentir es un virus peligroso, que si es advertido de manera continua debemos enfrentarlo con una voluntad de hierro para no dejarnos vencer. Mucho de esto va ligado a la vocación que descubrimos tempranamente, de la cual los padres tienen la gran responsabilidad de ser como detectives, nunca policías, para descifrar aquello que nos apasiona. Y la consigna primordial es sentirnos parte de un planeta que nos necesita más que nunca, porque un trabajo que nos motiva y apasiona es el eje de una existencia fructífera. (O)


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