Por María José Noboa Cedeño | Creadora de Biscotti Galletas y lectora

Leer a Alejandro Zambra es adentrarse en un mundo en donde lo cotidiano se convierte en poesía y en donde los recuerdos y la memoria están en tiempo presente y lo fraternal y familiar nos toca la piel.

Poeta chileno habla sobre la paternidad de una forma única: las historias de Gonzalo, el protagonista, y Vicente, el hijo de su novia a quien siente como propio, se entrelazan en diferentes momentos de la vida de cada uno, poniendo ante nuestros ojos todo lo que implica ser hijastro y padrastro.

El trabajo que Zambra hace alrededor de esta palabra: padrastro, para mí es lo más trascendental de la obra, pues el sonido de este sufijo le agrega un significado con una connotación negativa, sin embargo, el autor consigue darle uno más bello y completo.

El protagonista al buscar la palabra en otros idiomas nos lleva a conocer que en la lengua mapuche no hay un término específico para el padrastro, sino que solo existe: chau, que significa “compañero de la madre”, es decir que da lo mismo si es el padre biológico o no. Zambra dirige nuestra mirada a la función-padre. La función que en la vida real, tanto como en la ficción, la puede cumplir cualquiera sin importar quién es esta persona, su género, su edad, ni el lazo de a quien se ama y protege.

La historia de este par de poetas chilenos en mi vida ha sido movilizadora e inolvidable. (I)