Por Fernando Endara | Antropólogo y docente de Literatura

Bob Dylan publicó Tarántula hace 50 años, en 1971; pero lo escribió entre 1965 y 1966, al mismo ritmo frenético que las grabaciones de su trilogía roquera, con la misma intensidad de las performances sobre el escenario, con el vértigo de la fama desbordando su creatividad hasta el punto de ebullición, con la polémica encima debido a su “traición” a los compromisos políticos que antes parecía enarbolar.

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Tarántula es un trabajo casi desconocido de la etapa eléctrica de Bob Dylan, escrita casi a regañadientes debido a un acuerdo de su mánager Albert Grossman, circuló en copias piratas durante casi cinco años hasta finalmente ver la luz en el 71.

La obra es un compilado experimental de prosas y versos casi ininteligibles pero cautivadores. Una voz poética que utiliza el monólogo interior o el fluir libre de conciencia para susurrar, clamar y/o vociferar frases casi inconexas, en caos, llenas de adjetivos, aderezadas con referencias cinematográficas, musicales y literarias que desafían a los lectores a salir de su zona de confort.

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El músico, cantautor y poeta estadounidense Bob Dylan. EFE/EPA/ISTVAN BAJZAT/Archivo Foto: EFE

Los fragmentos de Tarántula son casi un sinsentido, un homúnculo, una quimera, un rugido eléctrico de donde surgen diversos personajes recurrentes, o más bien, la voz de seres extraños, vagabundos de la urbe, de la road, de la kush. Encontrarle un sentido/significado/interpretación a este artificio poético sería un esfuerzo casi en vano, resulta mejor dejarse llevar por las palabras y las imágenes en una vorágine citadina confusa y extraña; dejarse devorar por esta tarántula que inyecta un veneno alucinógeno que nos permite el disfrute/encanto/lectura de unos textos que no se precisan descifrar; pero que sacuden como si de otro álbum del maestro se tratara.

Para varios críticos Tarántula carece de méritos literarios, incluso han incluido frases de la obra en el listado de las citas más inentendibles escritas por una estrella de rock. En contraste, para algunos fanáticos, iniciados y expertos, el libro cobra un sentido total al analizarlo en contexto/referencia/analogía con la producción musical de Dylan del 65 y 66. Lo cierto es que se pueden encontrar similitudes en la técnica, el tono y los temas de Tarántula, con algunos de los escritos interiores de los álbumes Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde.

Las voces se mueven como sombras sucias, se expresan con vocablos callejeros y juegos de palabras entre la marginalidad, los bajos fondos y una escritura espontánea que nos empuja al viaje y nos recuerda a los Beatnicks.

Bob Dylan ha lanzado siete álbumes de estudio en los últimos 23 años.

Tarántula es una obra multifacética, “quizá ni el mismo Dylan supo bien lo que estaba haciendo”. Más allá de su complejidad o de la búsqueda de sus significados, una mirada amplia permite apreciar lo sórdido, hermoso y fugaz de un libro que ejemplifica una etapa de la historia signada por el rock, la carretera, la psicodelia, el amor libre y la contracultura.

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Por supuesto, Tarántula no es un libro para leer de un tirón, conviene ir de a poco: saborear cada prosa y cada poema, dejar de leer, levantar el rostro, mirar al cielo y escuchar el blues: la armónica susurrando su metálico canto. Tarántula es una autopista a ninguna parte, una huida, un reencuentro, una ruta no apta para aquellos que quieren llegar pronto a la meta, sin deleitarse en el trayecto.

Celebramos 80 años de vida de un genio que definió nuestro mundo. Bob Dylan “expandió el universo poético de la canción popular”, su voz, sus letras y sus composiciones nos emocionan hasta el llanto y nos convocan a pensar en nuestra humana condición. Por esto, y por mucho más, Bob Dylan recibió numerosas distinciones y galardones, incluyendo el Nobel de Literatura en 2016. Premio controvertido que levantó polvareda, que desafió los límites de las artes y complicó/indignó/emocionó a críticos y lectores. Opiniones aparte, concluyo junto con Braulio Peralta, periodista mexicano: “No te premian a ti, poeta, sino al tiempo de la decadencia, para ver si acaso así dejamos de sucumbir”. (O)